¿Una tarde aburrida?

Hasta que ocurrió todo aquello, no creía en los fantasmas, espíritus y demás criaturas esotéricas, pues bajo mi punto de vista, eran parte del folclore, obstáculos que nublan la mente del hombre racional. Una forma de pensar propia de la ilustración, la cual era a mi parecer, uno de los movimientos más importantes en la historia de la humanidad. Sin embargo de poco me sirvió el raciocinio en aquel extraño episodio.

El sol ya se ocultaba tras el horizonte, y como de costumbre deambulaba por la calle con mis amigos. Todo parecía apuntar a que iba a ser una tarde de invierno verdaderamente aburrida, sin nada que hacer que nos procurara algo de diversión en nuestras rutinarias vidas. Sin embargo, la cosa cambió al poco, pues a uno de nosotros se le ocurrió una genial idea para matar el tiempo.

- ¡Que asco de tarde! -. Dijo alguien tras de mi. Era Steve, un chico alto, fuerte y charlatán por naturaleza. Desgraciadamente no muy listo, y a menudo su larga lengua resultaba su perdición.
- ¿Porqué no hacemos algo diferente, en lugar de andar de aquí para allá? -.
- Eso es lo que haríamos -. Contestó Thomas, el cabecilla del grupo, si, en este jodido pueblo hubiera alguna forma de pasar un rato divertido. Desgraciadamente, la alcaldía no quiere gastar el dinero en la creaciión de infraestructuras o actividades para los jóvenes. Eso no les produce dinero a los lameculos de ahí arriba. O al menos no tanto como campos de golf, o clubes náuticos, por no hablar de la explotación hotelera del lugar. ¡Serán mamones!.
- Tengo una idea -. Se dejó oír Jim, el último miembro de la cuadrilla, Era un chaval silencioso, que raramente abría la boca si no le hacían alusión.
- ¿Porqué no hacemos una sesión de espiritismo bajo el puente que hay cerca del cementerio?.
- Bueno -. Contestó Thomas encogiéndose de hombros.
- Por mí bien -. - ¿Que dices tú Ted? -. Dijo Steve.
- Me da igual perder el tiempo pateando piedras por la calle que haciendo el gilipollas cerca del cementerio, así que vayamos -. Contesté sin mucha convicción.

Probablemente los zoquetes con los que iba aún creían en los fantasmas y demás fenómenos esotéricos o para anormales de las revistas sensacionalistas que rondan por los kioskos. Tonterías de charlatantes que pretenden hacer dinero a base de la ingenuidad de las personas. En fin, era una forma de pasar la tarde; además siempre podía engañar a mis amigos y reírme de ellos y de sus "espíritus" un rato largo.

A pesar de que sólo eran las 7, la oscuridad reinante bajo aquel puente era total. Por suerte, la pantomina aquella requería la iluminación del lugar con 5 velas negras estratégicamente situadas, lo que daba algo de visibilidad en aquel sombrío refugio.
El tablero de ouija era de construcción casera, y Jim (según mi opinión, demasiado puesto en temas de dicha categoría), había escrito en él, el abecedario, un si, un no, cielo, infierno y alguna otra cosa que no recuerdo. Junto al tablero, el silencioso chaval había traído un vaso normal y corriente.

Preparado todo, nos sentamos en círculo bajo aquel pequeño y ruinoso puente (ya en deshuso pues el caudal del cauce en los últimos años era apenas un hilillo de agua que circulaba silenciosamente a un paso de nuestro asiento). Tras poner cada uno un dedo sobre el vaso, situado al centro de la tabla, Jim tomó el control del proceso, así que empezó aquella sesión.
- ¿Hay alguien más entre nosotros? -, preguntó Jim con los ojos cerrados. Me mordí la lengua para evitar soltar una carcajada, pues la expresión de concentración del chaval me resultaba más que cómica. Tanto esfuerzo para nada.

Pasaron unos minutos, y como el vaso no se desplazaba, fue Thomas quien repitió aquella pregunta. No ocurrió nada, así que decidí animar un poco la fiesta. Con sumo cuidado, hice fuerza para mover el vaso hasta el si. Apuesto a que aunque no hubiese disimulado mi gesto, tampoco se había percatado nadie, pues todos mis compañeros miraban perplejos el movimiento del vaso.
Puse cara de asombro y continué con mi juego.

- Deja de mover el vaso, Steve -, dije enérgicamente. Así dificultaba aún más el descubrir mi propósito, pues los demás se fijarían en Steve, dándome mayor libertad de actuación.
- ¡Pero si yo no hago nada! -.
- ¡Callaos!, atajó Jim. ¿Cual es tu nombre?.

Lentamente fui moviendo el vaso hacía determinadas letras para formar un nombre corto: Set, el nombre del malvado dios egipcio que se enfrentó a Horus.
- ¿Eres bueno o malo? -. Preguntó un extrañamente atemorizado Thomas.

Empezaba la diversión. Mi dedo casi instintivamente dirigió el vaso hasta la palabra infierno. Una mezcla de decepción y miedo apareció en los rostros de mis compañeros. Para no ser menos, fingí sentir pavor como bien pude y de nuevo tuve que morderme la lengua para reprimir la risa.
- ¿Nos harás daño? -. Pregunté con fingida preocupación.
Acto seguido letra a letra contesté "depende".
- ¿Que quieres de nosotros? -. Preguntó Jim más concentrado que nunca.

Con paciencia, moví el vaso para darles a conocer la voluntad de Set. "Contestareis a mi acertijo", fue lo que se me ocurrió.
- ¿Y si nos equivocamos o desconocemos la respuesta? -. Se atrevió a preguntar Thomas aún más aterrado que antes.

Llamadme retorcido si lo deseais, pues la respuesta que en un principio había pensado era "muerte", pero era muy típico y previsible, así que me limité a mover el vaso y escribir "ja, ja, ja".
Puede resultar cómico leerlo así escrito, más la cara de pánico de mis compañeros, no parecía reflejar regocijo alguno.

Atemorizados como estaban, me dispuse a escribir uno de los acertijos de mi repertorio personal, uno imposible de responder planteado en castellano, pues era un juego de palabras en inglés ("When a dooor isn't a door" / ¿Cúando una puerta no es una puerta?). Empecé a mover el vaso hacia la C, cuando de pronto una inusual ráfaga de viento apagó 4 de las cinco velas. Alguno de mis amigos dejó escapar un débil gemido, fruto del pánico que sufría. Yo no me iba a asustar por un poco de viento así que continué con el juego. Había conseguido formar la primera palabra de mi acertijo, cuando sentí un intenso frío en el cuerpo. El repentino escalofrío tampoco consiguió amedrentarme, más con el bajón de temperatura en el cuerpo, sobrevino una extraña sensación de parálisis. Fue entonces cuando comenzaron a suceder cosas extrañas.

Lentamente observé como mi fría mano abandonó el vaso. No sería extraño en absoluto de haber realizado yo el gesto, sin embargo, una extraña fuerza parecía dominar mi cuerpo, que no respondía a mi voluntad. Lejanamente oí a Jim gritarme que no podía hacer eso. "Yo no soy el que mueve la mano" quise responder, pero al parecer la parálisis también me impedía articular palabra.

Desde pequeño había sido un chaval bastante frío y calculador. No temía muchas de las cosas que atemorizaban a los niños de mi edad, y en mas de una ocasión me habían dicho que parecía siempre decidido y sin miedo. A mi pesar, en aquella ocasión en la que mi mente racional no podía explicar lo que nos estaba (o me estaba) aconteciendo, comencé a sentir el terror en su estado más puro. Estaba siendo un insignificante títere al que unas invisibles manos dirigían a sus voluntad. Por si fuera poco aquel ser o cosa que había tomado el control de mi cuerpo, no me permitía realizar ni un sólo movimiento, ni siquiera artícular algunas palabras con las que advertir a mis amigos.
- ¡Iros de aquí si no queréis perecer! -. Dijo aquello que me gobernaba con una gutural voz, impropia de mí.
- ¡Si abandonáis este lugar sufriréis bajo mi ira!.

Mis amigos haciendo gala de un gran valor, me dejaron abandonado bajo aquel puente al lado del cementerio, con aquella entidad que se acababa de manifestar en mi cuerpo.

En cuanto se hubo ido el último, noté como si de pronto me hubiesen quitado un gran peso de encima, y para mi sorpresa podía mover de nuevo el cuerpo. Me disponía a salir corriendo cuando de repente con otra ráfaga de viento se encendieron las velas que se habían apagado antes de mi "posesión". El vaso, en cuya huida mis amigos habían tumbado, se puso de pronto bocabajo y empezó a formar palabras.

"No te muevas" leí tras juntar las letras. Acto seguido, justo delante de mí una zona alumbrada por las velas se oscureció, pero las velas continuaban encendidas. Deduje que aquella repentina sobra representaba la entidad que se intentaba comunicar conmigo.

- ¿Qué o quien eres? -. Pregunté con voz temblorosa. Estaba más aterrado que nunca, notaba como el corazón palpitaba fuerte, como intentando salir del pecho.
"Nadie se burla de los espíritus".
- Lo siento, no quer...
"Silencio" atajó el espíritu moviendo el vaso sin permitirme terminar la frase de arrepentimiento, "aquel que perturba el descanso de los muertos ha de ser castigado. La pena es la muerte".

Por raro que parezca, la idea de morir no me aterró en absoluto. Es más, parecía como si aquella última revelación me hubiese calmado por completo. Quizá se debía a que en numerosas ocasiones me había planteado el suicidio como forma de terminar mi insulsa y monótona vida. y que por ello el estar encarando el momento del final, no tenía miedo alguno: al fin y al cabo que más daba antes que después, tu propia mano o la de la oscura sombra que estaba frente a mí.

Tomándome aquel momento con calma, emití de forma serena lo que iban a ser mis últimas palabras.
- ¡Gracias! -.

Una estridente y sonora carcajada inundó aquel lugar. Ya no tenía miedo, más había algo en aquella risa que consiguió ponerme los pelos de punta. Era en cierto modo una mezcla de maldad y regocijo.

La sombra frente a mí comenzó a moverse hacia donde me encontraba. A medida que pasaba por el tablero de ouija, se iban apagando las velas con las que entraba en contacto. Llegó a la última, la que estaba a escasos centímetros de mi pierna, y de pronto todo se sumió en una imperturbable oscuridad.

Estaba tumbado en el suelo, cuando abrí los ojos pero no conseguí ver nada. Sentía un gran dolor de cabeza, y el cuerpo me temblaba de frío. Fue entonces cuando recordé lo que había sucedido hacía ya un rato. Había tenido un tenebroso episodio de ¿posesión?, tras lo cual había entrado en contacto con aquel espíritu. Sin embargo había algo que no cuadraba, pues aún recordaba como la entidad había prometido mi muerte, como pena por haberme burlado de los espíritus. Entonces ¿qué hacía yo allí más vivo que nunca?.

Intrigado salí de debajo del puente, barajando la posibilidad de que se tratara de una alucinación o algo similar. De pronto, como si de un recordatorio se tratara, una gran riada de agua roja llenó el cauce de aquel río seco, arrancando de cuajo el puente como si fuera una vulgar ramita. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi mente racional no entendía lo sucedido, lo que sucedía en aquel momento y aún peor, no sabía lo que estaba por suceder.

Pasó el tiempo, hasata que como bien pude conseguí olvidarme de todo. Seguía quedando con mis amigos para dar una vuelta, pero nunca les revelé lo que me sucedió bajo el puente tras su huida. Ellos no parecían querer insistir, así que poco a poco fui olvidando.
Mi cerebro parecía haber enterrado para siempre aquel episodio hasta el otro día, cuando sucedió algo inusual.

Había decidido ir a dar un paseo por el parque cuando allí me encontré con la persona que más odiaba en el mundo.
Era Tom, un muchacho del que había sido amigo cuando era pequeño. Me llevaba muy bien con él, sin embargo, su forma de pensar fue cambiando con el tiempo, volviéndose chulo y prepotente, despreciando todo lo que yo tenía o deseaba. Aguantaba su compañía como podía hasta que cierto día nos enzarzamos en una pelea. Yo acabé con un ojo morado, pero su nariz no volvería a ser tan recta como antes. Ese fue el fin de nuestra amistad.

Él iba andando en la bicicleta, y por ventura no me había visto. Iba sonriendo, como a menudo, con su estúpida sonrisa de imbécil que ponía cuando las cosas le iban bien. Si algo odiaba más que su persona, era aquella estúpida sonrisa y si algo deseaba en aquel momento era ver aquella sonrisa desaparecer para siempre.

De pronto una gélida ráfaga de viento azotó mi rostro. Acto seguido la bici de aquel imbécil tropezó con una piedra, arrojando a Tom al suelo de cabeza. Mi regocijo no pudo ser mayor cuando al levantarse vi como aquel desgraciado escupía sangre mientras gritaba: "mis dientes, me he roto los dientes". Me mordí la lengua para evitar soltar una carcajada, pues Tom ya no volvería a sonreír. No al menos con todos los dientes.

Fue entonces cuando en mi cabeza resonó la misma carcajada que oí aquel día bajo el puente. Se oía con claridad, se trataba de aquella mezcla de maldad y regocijo que no era nueva para mí. Al parecer aquel espectro no me había abandonado bajo el puente.

¡Je, je!, tenía un nuevo y poderoso amigo.


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2 comentarios

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Isi
AUTHOR
26 de marzo de 2009, 13:21 delete

jo!!!! es como un capítulo de CSI que está súper interesante y de repente, se termina con el "continuará" dichoso que tanto odio!!! aggg!!!!!!!!

Yo una vez hice eso en mi casa y después de un par de cosas que no consigo explicar, no vuelvo a reírme de esto, así te lo digo...respeto, eso es lo que me da, aparte de un miedo que te cagas! juasjuas!

Besos obesos y que tengas un buen día!!!!

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Celso
AUTHOR
26 de marzo de 2009, 18:53 delete

Que interesante está la primera parte y espero que la segunda prometa...

Que tengas un buen día

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