Canto de sirena.

Un nuevo relámpago iluminó el final del pasillo. La tormenta no parecía tener intención de remitir. Mis pasos resonaban en las tablas medio podridas que emitían crujidos de protesta. Recorría el pasillo mientas mis ojos escrutaban cada rincón. El sonido de aquella voz fue interrumpido al instante por el estallido cercano de un trueno.
Las gotas de agua resonaban en el techo como si de piedras se tratase y provocaban la aparición de numerosas goteras en aquella casa abandonada. El viento provocaba un monótono sonido que ponía los pelos de punta.

No obstante, mi atención no estaba puesta en aquellos sonidos secundarios. Aquella voz, casi aquel susurro, se me metía en la cabeza y me atraía como el canto de una sirena. Aunque parecía estar cerca del foco del que procedía, no lograba entender nada de o que decía.
Parecía como si alguien estuviese cantando con una voz muy dulce. A medida que avanzaba, notaba cómo mi corazón latía cada vez más rápido.

Caminaba despacio, como temiendo que en cualquier momento el suelo cediese bajo mis pies. Me acercaba ya al final del pasillo. Las piernas y las manos me temblaban. Noté como el sudor invadía mi frente cuando, de súbito… un relámpago con su correspondiente trueno me sobresaltó. Suspiré. Creí que el corazón iba a salírseme del pecho. Me detuve unos segundos para tranquilizarme y después reanudé la marcha.

Cuando solo me había desplazado unos centímetros, sentí los pasos acelerados en la planta inferior. La voz no había desaparecido. Al contario, me tentaba más que nunca y continué caminando.
Cuando llegué al final del pasillo, me encontré con que éste continuaba dando un giro a la derecha, sin embargo antes, también a mi derecha, se hallaba una puerta de madera de donde parecía provenir aquella extraña melodía. Me acerqué. La madera estaba fría y podrida.

Pegué la oreja a la puerta y confirmé que la persona que provocaba aquella melodía estaba ahí dentro. De pronto me pregunté por que había entrado allí. También, intenté identificar aquel lugar. Nada. ¿Porque no recordaba nada de lo sucedido?, ¿cómo había podido entrar yo solo en aquel lugar, si es que en realidad estaba solo?.

Había oído pasos abajo, ¿sería alguien a quien yo conocía?. Eran preguntas sin respuesta. Mi mente estaba blanco, tragué saliva, tomé aire. Mi pecho se había quedado pequeño para soportar el latido de mi corazón. Pensé en volver sobre mis pasos, por un momento y conociéndome como me conocía, creí que no atrevería a ver lo que había tras aquella puerta.

Sin embargo, algo en mi interior que no había sentido nunca antes me impidió darme la vuelta. Entonces pensé en por qué estaba tan asustado. La voz podía ser cualquier cosa, incluso el propio viento. Estiré mi mano hacía la manilla de metal y giré el pomo. No ocurrió nada. Repetí la maniobra sin éxito.

Miré hacia el principio del pasillo pero no podía volver, ya no, di unos pasos hacia atrás y arremetí contra la puerta con todas mis fuerzas. Cedió, y yo me precipité también al suelo clavándome algunas astillas procedentes de la propia puerta, levanté la cabeza, en contra de mis últimas suposiciones, la sala no estaba vacía.
Yo me levanté del suelo para ver mejor aquello, era una joven adolescente, aproximadamente de mi edad, mi cuerpo comenzó a temblar, de pronto hacía frio en aquella estancia y podía además percibirse un olor extraño… ¿azufre?, no podía asegurarlo.

Temblando, mezcla de frío y nerviosismo, me fijé de nuevo en la muchacha. Tenía los cabellos rubios y alborotados, una nariz respingona y unos labios aparentemente algo secos, era casi tan alta como yo, delgada y con una graciosa figura, su tez era pálida y a pesar de estar de pie tenía los ojos cerrados como si estuviese dormida, estaba completamente inmóvil.
Cuando me situé a unos dos metros escasos de ella me detuve, el canto continuaba y ella parecía emitirlo, pero sus labios estaban cerrados y no se movían, me quedé extrañado, ¿quién sería ella?.

De pronto cesó el canto y el sonido de la lluvia contra el tejado se convirtió en el único que acompañó aquella escena. Miré hacía ella de nuevo. Pude ver entonces cómo sus labios se separaban y susurraban unas palabras que si pude comprender:
-¡Oh!, has venido –. Susurró.

Me estremecí, su voz era dulce, pero había un cierto tono misterioso en ella, sus labios se separaron y mostraron una sonrisa perfecta, capaz de enamorar a cualquiera. Me relajé un poco, su aspecto era algo descuidado, mantuvo la sonrisa y los ojos cerrados durante un tiempo.
El resplandor de un relámpago me sobresaltó.

Ella, por su parte, permaneció impasible. Temeroso, alargué mi diestra hacia su rostro pálido. Cuando estaba a punto de entrar en contacto con su piel, resonó el nuevo trueno, al mismo tiempo en que ella abrió sus ojos. Di un salto hacia atrás y no precisamente por el sonido del trueno. Sus ojos eran de color rojo, se clavaron en mí. Era, sin duda la mirada más terrorífica que me habían dedicado en mi vida. Comencé a retroceder temblando, horrorizado. Ella no despegaba sus ojos de mí:
- No te vayas, ayúdame por favor, puedes ayudarme –. Dijo con aquella dulce voz.
Yo continué retrocediendo a pesar de sus súplicas. El contraste de sus ojos rojos con su piel pálida me aterrorizaba, ¿quién era ella? ¿y por qué sus ojos me provocaban aquella reacción tan brusca?.

Nunca me había sentido tan aterrado, o quizá aquello me había pillado de repente, ya que segundos antes me había cautivado con su sonrisa. Llegó un momento en que yo me di la vuelta y salí corriendo de la habitación. Giré a mi izquierda y me incorporé al pasillo, dispuesto a volver sobre mis pasos y salir de allí, pero cuando me percaté la tenía de nuevo delante mía. ¿Cómo lo había hecho, frené mi avance y solté un grito de espanto. Su sonrisa, que antes me había parecido agradable, se convertía entonces en un gesto más bien siniestro. Me di la vuelta. No sabía hacia dónde conducía finalmente el pasillo pero no tenía otra salida.

Comencé a correr clavando mi mirada en el final del pasillo por si ella volvía a aparecer. Respiraba aceleradamente, atragantándome incluso a veces. El pasillo giraba hacia la derecha de nuevo. Yo iba tan rápido que choqué contra la pared izquierda al dar éste giro, aunque finalmente logré mantener el equilibrio. Miré hacia atrás. Ella me seguía. Ante mi sorpresa, no iba corriendo, sino que flotaba en el aire y se acercaba cada vez más. Rió con una voz gutural, completamente opuesta a la dulzura que antes había utilizado. Aquello, lo que quiera que fuese, no era un ser humano. De pronto alzó su mano izquierda. Miré hacia delante y pude ver cómo una puerta se abría justo delante mía y me golpeaba de lleno en la cara. Me desplomé. El dolor era insoportable. Noté cómo la sangre comenzaba a impregnar mi rostro. Probablemente me hubiese roto la nariz. Mientras caía, me pareció oír pasos acelerados viniendo por el pasillo.

Oí también un golpe a mi lado, como si algo estuviese resbalando por el suelo de madera, y observé que era mi móvil, que se me había caído con el golpe. Intenté levantarme pero mi cuerpo no respondía. Mis manos me dolían aún, ya que tenían pequeños cortes provocados por las astillas que me había clavado al echar la puerta abajo. Giré mi cabeza hacia el lugar desde donde “aquello” me perseguía, pero no había nada. De pronto, el sonido de los pasos se intensificó y vi diversas sombras aparecer al fondo del pasillo. También observé que llevaban linternas. Me quedé allí hasta que un haz de luz me dio directamente en la cara. Me incorporé súbitamente. Tenía el pijama pegado al cuerpo. Estaba sudando.

Respiraba agitadamente y notaba cómo mi corazón latía con fuerza. Suspiré y me desplomé de nuevo sobre mi cama. Intenté tranquilizarme con la única compañía de los sonidos de mi corazón y mi respiración. Lo había soñado todo, y había sido un sueño para olvidar. Cuando me tranquilicé, me levanté y abandoné mi lecho. Estaba sediento. Recorrí el pasillo de mi casa a oscuras, ya que me sabía el recorrido de memoria, y llegué hasta la cocina. Abrí la nevera y fui a coger una botella de agua que siempre metía allí antes de acostarme. El corazón me dio un vuelco. Al mirar mis manos comprobé que tenía múltiples cortes, muchos de ellos aún sin cicatrizar. Me estremecí. La botella de plástico que ya tenía en la mano se me cayó al suelo. Ni siquiera la recogí. Me limité a cerrar el frigorífico y a dirigirme al baño. Encendí la luz y me puse frente al espejo. Mi rostro estaba desfigurado: estaba lleno de arañazos, cortes e incluso algunas heridas profundas que sangraban abundantemente. Mi nariz estaba rota. ¿Qué coño significaba todo aquello? ¿Acaso no había soñado lo que creía haber soñado? Un escalofrío me recorrió la espalda.

El sonido del teléfono me sobresaltó. Me fui acercando a la salita donde estaba instalado. ¿Quién podía acordarse de mí a aquellas horas? Cuando llegué al inalámbrico, descubrí que el número del que procedía la llamada era el de mi propio móvil. Sentí la misma sensación que frente a la puerta de la habitación en la que resultó estar aquel ser: pensé que no tendría el valor suficiente para descolgar el teléfono, pero algo que no puedo explicar me impulsó a hacerlo. Acerqué el auricular a mi oreja derecha:
- ¿Dígame? –. Pregunté con la voz quebradiza.
Nadie respondió, pero a pesar de las interferencias distinguí claramente el sonido de las gotas de lluvia contra el techo de aquella casa al otro lado de la línea. Tras unos instantes que parecieron interminables, una voz gutural se dejó oír:
- No creas que te has escapado. Tarde o temprano volverás a soñar, y entonces... ¡entonces yo estaré allí!.

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1 comentarios:

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Celso
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10 de junio de 2009, 18:29 delete

Joder, que chungo el final... saber que sueñas con algo así y te diga eso...

Que tengas una buena tarde.
Un abrazo.

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