La leyenda del fénix dorado.

el_ave_fenix Cuenta la leyenda que, en el reino de Antubias, vivia hace años un monarca benévolo y sabio en extremo. Dicho rey, cuando veía que su vida se iba consumiendo y aún no había sido capaz de engendrar un heredero, acudió una noche a las afueras del reino, a la cabaña de una anciana que el pueblo tomaba por bruja.

La buena mujer no era otra cosa que una adivina, experta en ungüentos medicinales y en las propiedades curativas de las plantas. Mas, aquella noche, por designio de los dioses aconsejó al rey una solución que pondría fin a su problema.

-- Deberéis organizar una dura prueba para todos aquellos aspirantes que deseen gobernar el reino a vuestra muerte. Se dice que en las montañas de Kalador, al norte, vive un ejemplar único de fénix, cuyas plumas son del color del trigo al sol. Aquél varón que logre traer una de ellas como trofeo, tendrá la astucia y valentía necesarias para llevar al reino a una época de paz.

El rey así lo hizo, y convocó a todos los jóvenes capaces de la región a que cumplieran tan difícil empresa, pero con una recompensa digna. Muchos fueron los que partieron y ninguno de ellos regresaba jamás.

Hasta que un día, un joven campesino llamado Eldarion, decidió probar fortuna y partió en busca de la mítica ave. Duros fueron los días que Eldarion pasó en su viaje, cada vez hacía mas frío, puesto que el invierno se acercaba con pasos agigantados. Cuando finalmente, tras dos meses de viaje, llegó al pie de las montañas de Kalador, se encontró con un espectáculo sobrecogedor. A sus pies, diseminados por todo el lugar, se hallaban los huesos y armaduras de todos aquellos valientes que habían partido en busca del fénix. Alguien o algo más habitaba aquellas tierras, el responsable de la matanza de tantos valientes.

Así pues, el joven Eldarion se armó con una vieja espada que había pertenecido a su padre. Avanzó por entre los restos, dejando sus huellas en la nieve recién caída, cuando un tremendo rugido lo puso en aviso. Por la ladera de la montaña descendía un enorme troll de las nieves, con un tremendo garrote al hombro, ataviado con pieles humanas.

-- ¿Quien osa atravesar mis dominios? –. Rugió el ser con su potente voz.

-- Mi nombre es Eldarion –. Logró responder el joven, domeñando el miedo que le impelía a marcharse corriendo de allí.

-- He venido a por una pluma del fénix dorado –. Sentenció.

-- Muchos han sido ya los que han llegado a éstas tierras con ésos designios, y como ves, ninguno ha logrado su propósito (rió la bestia abarcando con la mano la masacre), sin embargo, al igual que a los otros, te propondré la misma prueba para que, si la cumples, puedas atravesar mis tierras sin mayor temor. No obstante, si fallaras, ya sabes cuál sería tu destino.

El joven tembló de pies a cabeza, puesto que ¿cómo iba él, un humilde campesino, superar algo que ni los más valientes caballeros del reino habían logrado?.

-- Acepto tu propuesta –. Respondió al fin.

El troll asintió, conforme, y le dijo:

-- A tres días de aquí, al Oeste, se halla una laguna bañada por una cristalina cascada. Da igual la época que sea, en ése paraje reina siempre la primavera, pues la magia de las sirenas que allí habitan protegen el lugar de los crueles vientos invernales. Si consigues traerme un mechón del pelo de una de ellas, entonces te dejaré pasar.

Eldarion bajó el arma y, lo más rápido que pudo, se alejó de allí en dirección a su nuevo destino, para ver si podía conseguir lo que la bestia le había propuesto.

Tras tres días de viaje llegó al fin al citado lugar, una laguna en medio del bosque, donde todo olía a primavera y donde cálidos rayos del sol bailaban sobre la superficie del agua. Se acercó, sediento, a beber un poco de agua, cuando estando arrodillado frente a la laguna, un par de ojos verdes esmeralda lo observaron desde las profundidades.

Eldarion cayó de espaldas al ver surgir de entre las aguas una sirena. Era éste un ser bello en verdad, de la cintura para arriba el torso desnudo de una preciosa joven de pelo rojo como el fuego, mientras que de la cintura para abajo se extendía la cola de un pez.

-- ¿Qué deseas, oh joven astuto, que has hallado el refugio secreto de las sirenas? –. Preguntó con una dulce y cantarina voz.

-- El troll que vigila las montañas de Kalador me envía aquí con la misión de conseguir un mechón de vuestras preciosas cabelleras...

La sirena rió de forma infantil y juguetona, chapoteando su cola sobre el agua.

-- ¿Acaso tienes el descaro de pedir tal trofeo sin más ni más?, debes saber que muy pocos son los que reciben el don que tu pides, joven campesino, pero si en verdad es necesaria tu empresa deberás conseguir también algo para nosotras.

Al sur de éste bello lugar se halla la aldea de Cois, donde habita un joven poeta y trovador cuyas canciones conmueven los corazones más románticos del mundo. Si quieres un mechón de nuestros cabellos, deberás conseguir que Reynard, el poeta, interprete una melodía para nosotras –. Y, con una nueva risa, la sirena se zambulló de nuevo en las profundidades de la laguna.

Cuando la aldea de Cois se alzó frente al joven Eldarion, un regocijo colmó su corazón. La villa era pequeña, situada al abrigo de unos montes nevados, y el atardecer siguió al campesino mientras bajaba hacia ella.

Tras preguntar por él, le indicaron que el hogar del bardo Reynard se hallaba en una casa de madera a las afueras, así que allí se dirigió.

Al llegar, el propio Reynard le abrió la puerta: el bardo era un joven no mucho mayor que él, de aspecto triste y desolado para tratarse de alguien que dedicaba su vida a componer versos de amor. Tras una frugal cena, Eldarion preguntó aquello que deseaba saber.

-- Mi señor, parecéis en verdad afligido ¿hay algo que pueda hacer por vos?.

-- Mi pena es algo que no se puede comprar con dinero y ni siquiera con bellas canciones... pues he caído enamorado de una ninfa de los bosques de Sarian, la cual desprecia mi talento y mis baladas de amor hacia ella.

-- Dicen que en casa del herrero cuchara de palo. No os entristezcais, puesto que muchas son las jóvenes que arden en deseos de vuestros favores.

-- Ninguna como ella, joven amigo, cuyos solos pies descalzos hacen brotar bellas flores allá donde camina. Cuyos ojos son capaces de capturar la luz de las estrellas en una noche lluviosa...

-- Si... digamos, yo fuera a hablar con ella y la convenciera de que cediera a vuestros anhelos... ¿vos podríais acompañarme e interpretar una melodía?.

-- Una no, ¡mil si fueran necesarias! –. Exclamó Reynard mirándole con ojos agradecidos.

Al día siguiente, pues, Eldarion partió hacia los bosques de Sarian, los cuales rodeaban el extremo norte de la aldea. A su paso entre los árboles, muchas ninfas salieron a su encuentro, bellísimas y cautivadoras todas ellas, mas etéreas como la magia que las rodea. Pero, una de las cuales llamó especialmente su atención, puesto que correspondía a la descripción de ella que había hecho el bardo.

-- Oh, ninfa Elina, escucha mi ruego y responde a los deseos de amor que tiene para tí Reynard, el bardo de Cois.

La ninfa miró al campesino y un destello de enfado cruzó sus ojos azules.

-- Reynard piensa que sólo con bellas palabras puede conquistar el corazón de una mujer, y es ésa misma confianza en su victoria lo que pierde mi interés por él.

-- En ése caso decidme lo que vuestro corazón anhela para que le veáis con otros ojos, con los ojos de una enamorada.

-- Si tan sólo pudiera contemplar la belleza de la rosa de los vientos, y supiera que es un regalo del propio Reynard, caería rendida a sus pies –. Respondió con voz ensoñadora la ninfa.

Con la información que necesitaba, Eldarion regresó a la aldea y le contó a Reynard aquello que la ninfa le había hecho partícipe.

-- Una rosa de los vientos es una flor difícil de conseguir, puesto que sólo crecen en las cavernas de Oess, y se dice que una poderosa hechicera las guarda, impidiendo que nadie se lleve tan preciado regalo. Mas, si es ése el deseo de mi amada Elina, ése es el presente que tendrá.

Y así, al día siguiente, Eldarion y Reynard partieron juntos hacia las cavernas de Oess, en busca de la legendaria flor. Tras varios días de viaje, divisaron las cavernas de Oess en las faldas de una cordillera. Eran cientos las que se abrían en la dura roca, y la desolación acudió a ellos, puesto que no se creían capaces de lograr encontrar una flor en tan vasto espacio.

Decidieron una abertura al azar y allá se internaron, conforme avanzaban por el largo túnel, la luz de las antorchas que portaban reverberaba en cientos de pequeñas piedras preciosas que cubrían las pétreas paredes. Eldarion, que jamás había poseído ninguna riqueza ni lujo, sacó una daga y se acercó a una pared, dispuesto a llevarse cuantas gemas pudiera acarrear.

Así, si su misión no tenía éxito, al menos viviría cómodamente el resto de sus días. Se acabaría el limpiar puercos y esquilar ovejas, el recoger manzanas y talar árboles... Mas, cuando el filo de su arma estaba próximo a la joya, la mano de Reynard lo tomó por la muñeca, deteniendo la acción que estaba a punto de cometer.

-- ¡No!, Eldarion, hemos venido aquí para buscar la verdadera belleza, y la riqueza no la trae consigo. Si en verdad deseas joyas, gánalas con tu trabajo, y no robándolas, pues sé bien que tu no eres un vulgar ladrón.

Eldarion dejó caer la daga al suelo, mirándose las manos, arrepentido del acto que había estado a punto de cometer... Él, que jamás había conocido el lujo, se había dejado llevar por la codicia. Y de pronto recordó a las camadas de cerditos juguetones, la paz que sentía cuidando de las ovejas mientras pastaban hierba fresca, el olor y el sabor de las rojas manzanas... el calor que la chimenea desprendía en invierno... Todo ello era fruto de su esfuerzo, y era en ésas cosas donde más se apreciaba la verdadera belleza...

-- Gracias por haberme hecho comprender, Reynard –. Dijo guardando la daga y siguiendo a su amigo.

-- Gracias a tí por ayudarme en mi empresa.

Al instante, la pared frente a ellos se abrío y dió paso a una luminosa caverna, plagada de joyas y cuyo suelo estaba alfombrado de rosas de un intenso azul añil, rosas de los vientos. Frente a ellos, en un trono de rubí, se hallaba sentada la hechicera, sonriéndoles.

-- Jamás en todos los años que llevo de señora de éstos parajes me había encontrado con dos jóvenes que desecharan las riquezas que mis cavernas ofrecen. Veo que la codicia no ha podido domeñaros como lo hizo con tantos otros. Pues habéis de saber que todas y cada una de las joyas que véis aquí antaño fueron hombres y mujeres que, al intentar robar las riquezas que anhelaban, pasaron a formar parte del mismo tesoro. Como bien dicen los sabios, la avaricia rompe el saco. Y ahora, jóvenes aventureros, decidme que deseáis y si está en mi mano os lo concederé por premio a vuestra audacia.

Reynard se adelantó tímidamente, sobrecogido por el aura de magia que desprendía la hechicera.

-- Mi señora, hemos venido a tomar si vos nos la ofrecéis, una de vuestras rosas de los vientos, regalo para la amada que desea mi corazón.

La hechicera sonrió benevolentemente y, con un gesto de la mano no una, sino dos rosas flotaron en el aire, yendo cada una a las manos de un joven.

-- Las rosas de los vientos permanecen siempre frescas y vitales, bellas como las joyas, pero alegran el corazón y no lo consumen como hacen éstas. Ahora marchad, y que el mundo sepa por medio de éstas flores la proeza que habéis llevado a cabo.

Y, dicho ésto, ambos jóvenes se hallaron de repente frente a la salida por la que habían entrado, sonriendo mientras descendían la falda de la montaña, de vuelta a la aldea de Cois.

Tras regresar a la aldea de Cois, los dos jóvenes se adentraron en los bosques de Sarian, en busca de la ninfa Elina. La hallaron al pie de un roble, rodeada de sus hermanas, mientras bailaban y jugaban en torno a los árboles y las flores. Elina, al ver a Reynard, se levantó enfadada por la intrusión.

-- Reynard, te he dicho ya mil veces que no pienso responder a tus galanteos, así que no te esfuerces en ellos. Dudo mucho que pudieras hacer algo desinteresadamente por mí aparte de componerme cientos de versos.

Sin una sola palabra, el joven poeta sacó la rosa de los vientos y se la mostró a Elina. Ella y todas las demás ninfas quedaron prendadas de su belleza, pero al cabo de un rato fue la amada de Reynard quien de un manotazo apartó la rosa y se arrojó en sus brazos, besándole con ardor.

-- Pero...pensé que era la rosa de los vientos aquello que tú mas querías, amada mía -. Dijo aturdido Reynard tras el beso.

-- No hay belleza equiparable a que hayas sido capaz de traer ésa flor para mí, amado Reynard. Y sí, te llamo amado puesto que a partir de ahora no hay otro deseo en mi corazón que el que pasemos juntos el resto de nuestras vidas.

Y así, cogidos de la mano, y junto a Eldarion, partieron los tres a la laguna de las sirenas para que Reynard pudiera cumplir la promesa que le había hecho al joven campesino. Al llegar, no sólo la sirena que había hablado con él salió del agua, sino que con ella asomaron dos docenas más, ansiosas por escuchar la suave melodía del famoso bardo.

Reynard tomó su lira y, sentándose en una roca junto a la orilla, su mirada rebosante de amor hacia Elina, comenzó a cantar una preciosa melodía que se extendió por cada rincón del lugar, metiéndose en los corazones de las sirenas y arrancando suspiros tanto de ella como de la ninfa y Eldarion. Cuando los últimos acordes y notas surgieron del instrumento y la voz de Reynard se apagó suavemente, todo un coro de aplausos y alabanzas se elevó de su auditorio, y fue así como la sirena pelirroja se acercó a Eldarion, sonriente.

-- Veo que has cumplido con tu palabra, joven campesino. Ojalá éste mechón de cabello sea capaz de cumplir tus deseos –. Dijo tendiéndole su regalo, rojo como el fuego.

Así, tras despedirse de las sirenas y de Reynard y Elina, prometiéndoles que regresaría a verles en cuanto pudiera, se marchó de vuelta en soledad hacia las montañas Kalador, para conseguir al fin la pluma del fénix dorado. Cuando llegó, el mismo rugido lo recibió y el troll de las nieves volvió a bajar de su cueva junto a él.

-- ¿Y bien?, ¿no habrás tenido la osadía de presentarte de nuevo ante mi con las manos vacías, verdad? –. Preguntó aferrando su garrote, listo para matar al muchacho.

Eldarion, por toda respuesta, sacó el mechón de cabello de la sirena y se lo tendió al troll con una sonrisa.

-- Aquí te traigo lo acordado, cumple ahora tu parte del trato y déjame pasar.

El troll cogió el presente y lo miró, evaluándolo con ojo crítico, y a regañadientes tuvo que admitir de la veracidad del regalo, así que dejó pasar al joven Eldarion sin resistencia alguna. Frente a él, se extendía la falda de la montaña nevada, y en la cumbre al fin conseguiría el propósito de su largo viaje. Dura fue la escalada hasta la cumbre, pero Eldarion ya estaba acostumbrado a hacer frente al frio y la nieve, por lo que al cabo de unas horas llegó al fin al punto álgido de la montaña.

Para su sorpresa, todo el paraje superior era una verde pradera en la que un calor muy agradable se extendía. Frente a él, entre unos peñascos, se levantaba un nido de considerable tamaño, en el cual se hallaba posado, mirándole con sus ojos ámbar, el fabuloso fénix dorado.

Era ya de por sí una criatura mítica un fénix normal, de colores tan vivos como el rojo, el verde o el azul, pero aquel que el joven Eldarion tenía frente a sí los superaba a todos, puesto que el color de sus plumas era más puro que el oro mejor pulido.

El joven campesino avanzó hacia él con un temor casi reverencial, mientras el ave seguía contemplándolo con un brillo de entendimiento en la mirada, como si supiera de las aventuras que había tenido que vivir el muchacho para llegar ante él. Eldarion se acercó al fin y extendió la mano mientras el ave seguía quieta, hasta que al fin pudo acariciar su suave y bello plumaje, sintiendo que aunque quisiera no podría arrancar ni la más pequeña pluma de tan bella criatura.

Con ésto en mente, sonrió y se giró para marcharse de allí, ya no le importaba cumplir su cometido, puesto que se negaba en rotundo a coger una de las plumas. Mas, cuando estaba a punto de emprender el descenso, el fénix emitió un dulce canto y, abriendo las alas, voló hacia Eldarion, pasando sobre él y dejando caer un objeto brillante, que descendió suavemente hacia el joven. Eldarion lo tomó al vuelo y comprobó con sorpresa que era una de las plumas del ave, la cual había emprendido el vuelo, alejándose entre las nubes.

-- Gracias... –. Susurró el joven a los vientos.

Y así, con su trofeo a buen recaudo, volvió a bajar la montaña, evitando pasar de nuevo por el territorio del troll, por si acaso, y regresó al reino de Antubias tras el largo viaje. Al estar ya cerca, la noticia de que alguien había vuelto de la búsqueda se extendió de boca en boca por todo el reino con la velocidad del rayo, y tanto nobles como plebe comenzaron a preparar un triunfal regreso al joven Eldarion.

Ya cerca del reino, el joven campesino se encontró con una anciana que acarreaba un fardo de leña renqueando por el camino.

-- Buena mujer, ¿acaso no sois muy mayor para tan duro trabajo? –. Le preguntó ayudándola amablemente con su carga.

-- Oh, me temo que mi esposo se ha puesto muy enfermo y la cura que tiene es prácticamente imposible de conseguir, joven.

-- Decidme pues, a ver si hay algo que pueda hacer yo por él.

-- La cura es un caldo hecho con una pluma del fénix dorado, pero ésa criatura vive lejos y no tengo ningún hijo que pueda ir a buscarla.

Eldarion, al llegar a casa de la buena mujer, se sintió conmovido por la tristeza al ver a su esposo echado en cama, muy enfermo, y cómo la anciana se esforzaba por cuidar de él como podía. Así que, sin más, sacó de su equipaje la pluma que el fénix le había dado y se la ofreció a la mujer con una sonrisa. -Aquí tenéis, curad con ésto a vuestro esposo.

-- Pero... os quedaréis sin la pluma ¿no es cierto?, lo importante es la salud de vuestro marido, haced ése caldo para que se restablezca, yo he de llegar al reino cuanto antes. –. Contestó el joven sonriendo.

La anciana se deshizo en gratitud hacia él, llorando de alegría por la amabilidad del muchacho, y Eldarion siguió su camino sin la pluma, pero con gran regocijo en su corazón. Así pues, tras un día de viaje más, llegó al fin al reino de Antubias. Grandes fueron los festejos y ovaciones que recibieron a Eldarion, ensalzándolo y felicitándolo por tamaña tarea. Pero, mientras el joven campesino avanzaba hacia el palacio, la congoja de saber que carecía del propósito de su misión hacía presa en él.

Si reclamaba la ira del rey por semejante estafa correría peligro... Al fin, fue recibido con honores por el rey y su esposa, mientras toda la corte aplaudía hasta que llegó frente a los tronos de ambos, haciendo una profunda reverencia.

-- ¡Ah!, el joven Eldarion, veo que has conseguido cumplir la tarea en la que muchos otros cayeron. Por favor, muestra ante todo el reino la pluma del fénix dorado, para que reconozcan a su bien merecido y futuro rey –. Ordenó el rey sonriéndole.

´Se hizo el silencio cuando Eldarion se dispuso a hablar.

-- Mi señor, mi señora, habitantes de Antubias... temo ser motivo de decepción para todos vosotros pero... no he conseguido la pluma dorada...

Un gran abucheo estalló en el salón del trono, mientras los nobles y campesinos lanzaban pullas y verduras podridas al joven Eldarion, llamándole taimado y estafador, riéndose de él.

Los reyes lo miraban desolados, sabiendo bien que nadie jamás conseguiría realizar con éxito la prueba. Pero, de repente, en medio de todo aquel jaleo, se escuchó un dulce y potente canto que silenció a la muchedumbre, un canto que Eldarion reconoció en el acto. Por un amplio ventanal entró volando al salón del trono el mismísimo fénix dorado, el cual describió unos círculos volando sobre las cabezas de la multitud y descendió frente al trono de los monarcas, junto a Eldarion.

Una luz dorada iluminó al fénix y, al cabo de unos segundos, en su lugar se hallaba una preciosa joven de cabello dorado, que miró a todos con sus ojos ambarinos.

-- ¿Porqué castigáis así al único que ha sido capaz de demostrar las cualidades de un gran monarca? –. Preguntó la fénix con su voz suave y dulce.

-- Tenéis ante vosotros, majestades y habitantes de Antubias, al joven campesino Eldarion. Él fué el que se adentró en los dominos del troll de la nieve sin miedo alguno, el que visitó a las sirenas para conseguir el mechón de cabello que la bestia le pidió, el que consiguió que la ninfa Elina amara al bardo Reynard, el que se adentró en las cavernas de Oess y no tomó joya alguna, el que no deseó arrancar pluma alguna de mi cuerpo y el que cedió su valioso trofeo a una anciana para que su esposo se recuperara de la enfermedad. Eldarion ha demostrado ingenio, tenacidad, perseverancia, fidelidad, humildad, valor, compresión, bondad y ha ayudado al que lo ha necesitado. A mi juicio no hay nadie que merezca tanto la corona como él.

Tras unos minutos de silencio, primero uno, y luego todos y cada uno de los presentes comenzaron a aplaudir y a ovacionar al que momentos antes tildaban de mentiroso, disculpándose con él y sacándolo en volandas del castillo, aclamándolo como su nuevo futuro soberano.

Así, Eldarion el campesino, llegó a ser rey de Antubias, y la fénix dorada decidió desposarse con él y reinar a su lado.

Juntos, conocieron una época de esplendor y paz, y al cabo del tiempo la fénix alumbró a una preciosa niña, sobre cuya cuna Eldarión colgó su rosa de los vientos.

Con el tiempo, todo el mundo conoció la historia del joven campesino, y la leyenda del fénix dorado se transmitió de generación en generación por muchos, muchos años.

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2 comentarios

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Isi
AUTHOR
30 de junio de 2009, 17:44 delete

Qué historia tan bonita y qué buena lección.

Me ha gustado mucho.

Un besote!

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Celso
AUTHOR
30 de junio de 2009, 18:53 delete

IMPRESIONANTE.
Te doy mi mas sincera enhorabuena.
Jamas un relato corto me habia cautivado de tal manera.
Tampoco se me ubiese okurrido komo escribir tanto, en tan poco.

Un abrazo nene

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