Memorias de una amante.

asesina El carmín amenazaba una sonrisa pérfida bajo mis gruesos labios, mi cuello desprendía aroma a perfume prohibido, mis pechos parecían pelearse por desbordar el vertiginoso escote, mis curvas conducían a un majestuoso tacón que culminaba en una violenta punta.

Sí, me vi espectacular frente al espejo. Sentí lástima del frío cristal inerte, reflejo vacuo, ignorante de mis maliciosas intenciones.

Aquella noche de verano era ideal para exhibir mis encantos, y sin embargo opté por llevarme una chaqueta ligera que cubriese parcialmente mi atrevimiento. No deseaba asustarle con una apariencia desmedida, esperaría a que nos sirvieran la segunda copa de vino para revelarle mi erotismo.

Cogí las llaves del coche, la barra de labios y el bisturí, que deposité en el minúsculo bolso de Chanel y salí de casa a las diez menos cuarto exactamente. El paseo marítimo estaba concurrido. Me resultó apetecible mostrarme veladamente entre la gente. Algunos hombres despistados apenas posaban su mirada en mí, otros más despiertos se fijaban tarde y giraban la cabeza para intentar observarme bajo la protección de mi espalda y fingida ignorancia.

Bonita, guapa, pero que cuerpo tienes. Allí estaba Mario, apoyado sobre su BMW con los pies cruzados, espléndido en su vestimenta veraniega y su sonrisa de águila triunfadora, en su altura, en sus cabellos métricamente cortados y en su barba afeitada con cautela dos horas antes. Era realmente guapo el cabrón y olía aún mejor.

Dichosos perfumes, me obcecan los sentidos y no me dejan pensar con claridad. Me saludó sin palabras, deslizando su brazo por mi apretada cintura y depositando un casto beso sobre mi mejilla. Sé que de casto no tenía nada, e intuí un breve palpitar en su bragueta cuando mi escote asomó travieso entre la chaqueta.

En ese mismo instante habría llevado mi mano allí para hacer culminar su erección, sólo por el placer de verle en el compromiso de esconderla, pero dado el gentío que nos rodeaba me pareció un gesto poco apropiado.

La mesa del restaurante ya estaba reservada. El maitre y los camareros conocían a Mario de sus múltiples citas con mujeres. Maldito adonis, si no fuera porque con sólo mirarle le humedecía, le abofetearía por su insultante belleza. Aunque quizás no era él quien me excitaba, sino las expectativas de una noche única. La cena transcurrió sin incidentes, por no mencionar el instante en que me quité la chaqueta. Fue divertido intuir de nuevo el palpitar en la entrepierna de Mario, y quizás en alguna otra más.

El marisco estaba delicioso, el vino era magnífico, y el postre fue sugerente y rápido. Después de una copa anhelante en un pub conocido y concurrido, fuimos al hotel en que se alojaba Mario. Aquel lujo era desorbitado y me provocaba, despertaba en mí las ansias de tratar despóticamente a todo el servicio y convertirme en una excéntrica insoportable.

Mario tendría que aplacar mis inquietudes con un buen polvo. Las sábanas eran suaves, casi tanto como la piel de su polla. Sí, así de rápido fue todo. Me importaba una mierda que el minibar tuviese Möet Chandon, o que sobre las almohadas hubiese bombones, o que la bañera tuviese hidromasaje.

Tres minutos después de que la puerta se hubiese cerrado tras nosotros, Mario ya estaba desnudo con mi mano en sus testículos. Yo en cambio aún seguía vestida. Me resultó excitante la humillación que podría provocarle la situación, que en esos momentos yo me situase poderosa de su miembro, oculta bajo mi vestido.

Él no sabía que en realidad yo llevaba desnuda mucho más tiempo que él, desde que su polla palpitó por ver primera. Manoseé sus huevos con suavidad, y después su polla. Si ésta pudiese hablar, estoy segura de que en aquel momento me habría llamado zorra; tan amenazante me pareció de los hinchada que estaba.

Sé que Mario deseaba verme desnuda de inmediato, pero yo le entretenía y le dispersaba comiéndole la boca, mordisqueando ligeramente su labio inferior, deslizando la lengua de una forma que en la calle habría resultado obscena.

De vez en cuando sentía el roce de su miembro contra mi vestido, y yo me restregaba juguetona.

-- Maldita puta, desnúdate ya –. Me decía su pene.

Esta vez le hice caso, no deseaba un desencuentro. Dejé que Mario bajase la cremallera del vestido, y este cayó al suelo revelando mis pechos, mis caderas y mi cruz, esa en la que se pierden todos los deseos. Me pareció un tanto grosero que el primer gesto de Mario fuese hundir sus dedos en mi vagina, pero ésta no pareció estar de acuerdo. Un giro brusco de los acontecimientos me desplomó violentamente sobre la cama, dejándome frágil y expuesta ante la corpulencia de mi amante.

Mario me besaba el cuello, apretaba mis carnes con sus manos, rozaba sin pudor su miembro entre el vello de mi pubis amenazando entrar de un momento a otro. Pero de nuevo tomé el control y le empujé hacia adelante. No soportaría ver ese rostro tan perfecto mientras me penetraba, deseaba sentir dentro la polla de un hombre mediocre que se folla a una diosa con todo su empeño. Así que me coloqué a cuatro patas con la pose más felina que pude, ofreciéndole mis curvas de una forma que rompió la enemistad de su pene.

Ahora el me decía, bonita, linda, acércate más. Moví mis caderas con una serpiente, lenta, cadenciosamente. Entonces me la clavó. Que gorda la tenía el hijo de puta.

Si es que lo tenía todo. Sentí tal placer cuando aquel pedazo de carne entró en mi, que me di asco a mi misma por gozar tanto. No me perdonaría nunca desear follar con él una segunda vez, porque aquello me impediría continuar con lo que tenía entre manos. Sin embargo la gran verga insolente resultó tener poco aguante cuando de enfrentó cara a cara con una vagina de verdad.

Dos minutos y veinte segundos después de que asomara por mis profundidades, escupió su último aliento viscoso. Mario se desplomó agotado sobre la cama, dejándome dubitativa sobre qué sería lo que le había dejado así de exhausto.

No me molesté en insinuarme para que terminase su trabajo; le dejé en esa babia en la que caen los hombres cuando creen que su orgasmo da por finalizado el acto sexual. Me levanté sigilosamente y cogí mi bolso. De allí saqué mi bisturí. Volví sobre mis pasos con igual sigilo, y me tumbé de nuevo junto a Mario. Besé su cuello lentamente y él cerró los ojos, con una gran sonrisa de cerdo estúpido.

Quizás en su mundo de fantasía pensaba que yo me sentía agradecida y satisfecha pro algo que él había hecho. En realidad mi satisfacción residía en lo que iba a hacer yo. Y en efecto, me sentí muy complacida cuando el bisturí se hundió en su cuello y la sangre salpicó mis mejillas al sacarlo.

La sangre vital cubrió las blancas sábanas en pocos segundos como un dramático manantial carmesí, acompañado por los frenéticos espasmos de Mario, que se llevaba desesperadamente las manos al origen del chorro que me empapaba.

No tardó mucho en parar de moverse y exhalar su último estertor, casi tan viscoso como su última corrida, dejándome rodeada de la más roja soledad. Bendita soledad, caliente y coagulada.

Miré el cuerpo de Mario inerte, si cabe más bello en vida, su miembro flácido caído hacia un lado, el cuerpo manchado de su propia insolencia.

Besé aquella polla silenciosa que ya no me decía nada, y me masturbé lentamente, con los dedos empapados en sangre. Una lástima que su muerte no le hubiese provocado una última erección, habría podido aderezar mi paja con algún condimento.

Después de correrme, volví a besar su cuello lentamente, y esta vez sí me sentí agradecida y satisfecha. Pero el ya no sonreía.


Onion - Estefan

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3 comentarios

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Celso
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12 de septiembre de 2009, 18:15 delete

Espero no conocer nunca a esta amante.

Menudo final.

Un abrazo.

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Cristina
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12 de septiembre de 2009, 20:37 delete

Joder que chunga la amante.

Parece una mantis religiosa.

¡¡ UN BESITO !!

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Gamusino
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12 de septiembre de 2009, 21:04 delete

Umm creo que en el fondo es lo que cualquier mujer haría en una situación similar... Me cuidaré por si acaso jajaja Un abrazo, me ha gustado mucho

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