Crónica del Juicio Final

Este relato lo mandé hace poco a un concurso de relatos pero lamentablemente no me lo premiaron... así que espero que vosotros lo valoréis más positivamente. Un abrazo.

En esta crónica intentaré relatar lo más fielmente posible cómo se desarrollaron y lo que significaron aquellas jornadas del Juicio Final, unos años atrás. Llegó este el día uno de agosto dejándonos a todos estupefactos. A eso de las cuatro de la tarde oímos las trompetas de los Jinetes del Apocalipsis que nos llamaban a salir de nuestros hogares para saber del nuevo status. Tras ellos iba un tipo bajito y con bigote sobre un gran búfalo negro, instándonos a reunirnos en la plaza del pueblo. Todo él emanaba paz, seguridad en sí mismo y confianza.

Nos habló del Juicio Final, cómo se produciría el cambio de sistema y de qué modo nos afectaría. Algunos preguntaron qué había pasado con el concepto ancestral del Apocalipsis, los juicios sumarísimos y todo eso, pero él nos tranquilizó argumentando que eran patrañas del Infierno para desprestigiar al Creador.

Fuera como fuese, todos quedamos reconfortados. En poco tiempo comenzarían a reencarnarse los difuntos y el Mundo, ahora infinito, nos albergaría a todos en paz y felicidad. Los recursos tornarían inagotables, todas las personas tendrían un hogar digno y viviríamos alegres sin conocer el trabajo y las incomodidades, una existencia de eterna dicha.

Al día siguiente, estábamos mi mujer y yo rebuscando en antiguos baúles y cajas del trastero las pertenencias de nuestros ancestros, para devolvérselas cuando se reencarnaran. Entonces llamaron a la puerta. Era un par de Ángeles con chaqueta de botones sobre sendos camellos. Dios me quería ver. Subí con uno de aquellos tipos y me llevaron al Ayuntamiento donde me recibiría el santísimo. En la sala de gobierno se encontraban reunidos varios personajes sumamente curiosos entre los que se encontraba el señor bajito y con bigote que nos hablara un día antes. Me fue presentado como Dios. Me limpié mi mano siempre sudorosa en el pantalón y me la estrechó amigablemente. El motivo de que solicitara mi presencia era que necesitaba a alguien que fuera escribiendo lo que sucediera aquellos días. Quería, simple y llanamente, que hiciera una crónica para que quedara constancia en tiempos venideros. Pásate mañana por aquí con tu libreta y ve tomando nota, me dijo.

Cuando salía del edificio más importante del pueblo me miré la mano embobado. Hay que ver lo que son las cosas, pensé, un día ves a Dios como un ser supremo que puede o no existir, y al día siguiente le estás estrechando la mano. Entonces caí en la cuenta, mi sempiterna mano sudorosa no presentaba rastro alguno de humedad.

Al día siguiente me presenté, tal y como se me encomendó, en el Ayuntamiento. Me recibió el propio Dios en persona. Quería explicarme de primera mano en qué consistiría el proceso que estaba llevando a cabo. Me habló de conceptos como sacaducho o teománico que no llegué a entender. Básicamente su idea era terminar con nuestro castigo otorgándonos una vida de eterna felicidad. Para ello se estaba encargando de ofrecer al común de la Humanidad viviendas con todos los suministros y de un tamaño medio, abastecimiento ilimitado de alimentos y productos de primera necesidad, medios de transporte colectivo sostenibles y respetuosos con el medio ambiente,... Una vez hubiera solucionado todo esto pasaría a resucitar a lo muertos, otorgarles su mejor aspecto en vida y permitirles disfrutar del Nuevo Mundo. Lo haría de un modo ordenado y lógico, partiendo de la actualidad y hacia atrás, para que ninguno se encontrara solo, sin familia ni amigos. Este proceso duraría cerca de un mes hasta que culminara en Adán y Eva, los primeros humanos. Por supuesto, ya se había encargado de configurar nuestro Mundo para que se fuera expandiendo ilimitadamente de modo que pudiera albergar tan vasto número de habitantes.

Durante una semana fui testigo diario de la gran dificultad que entrañaba tan magnífico proyecto. Como Dios mismo me comentaría en un momento de confidencia, crear el mundo le había costado mucho menos trabajo. Y es que velar por el bienestar de varios miles de años de existencia humana de crecimiento feroz e ininterrumpido no era moco de pavo. Al fin, al cabo de una semana y tras un retraso de un día por ciertos errores en la Base de Datos General de la Humanidad, Dios consiguió dar por finalizado el Nuevo Mundo tal y como lo conoceríamos a partir de ahora.

Nuestro nuevo hogar contemplaba toda una serie de cambios muy importantes. Las ciudades y los rascacielos habían desaparecido y en su lugar había bosques y praderas entre las que podías ir encontrando viviendas biosostenibles con huertos y paneles solares. El pozo era el nuevo medio de transporte a larga distancia, de modo que cada casa tenía el suyo por el que se podía viajar cómodamente. Para los desplazamientos cercanos se utilizaría la bicicleta o el caballo, sin miedo a los asaltantes en el bosque puesto que ahora la Humanidad era buena. Tras el Edicto de Condonanción de la Deuda Humana todas las personas habíamos perdido nuestro Gran Peso y, por lo tanto, había desaparecido nuestra rabia, ira y malos pensamientos.

Yo fui testigo del momento en que Dios dio vía libre al proceso de Reencarnación de la Humanidad. Fue muy emocionante ver cómo ponían en marcha aquellas grandes máquinas de madera cuyas ruedas eran movidas por la fuerza del río. Dios pasó con inquietud ese instante, como me confesaría días después, por ser la primera vez que la Humanidad renacía. Podía ser que el sistema se bloqueara, lo que podía retrasar el proyecto unas cuantas semanas. Gracias a Dios, y nunca mejor dicho, todo funcionó a la perfección y el proceso dio comienzo desde la actualidad hacia atrás en el tiempo.

El reencarnaje de los primeros hombres sería más lento y trabajoso debido a la moda de la incineración que complicaba la reconstrucción de los cuerpos. Cuando un ser se consumía entre las llamas su estructura y composición se modificaban enormemente y su esencia se perdía en mayor cantidad. Sin embargo, cuando la tierra se encargaba de su corrupción, las distintas partes que nos forman quedaban desperdigadas pero listas para ser reunidas de nuevo. Así había diseñado Dios al hombre, aunque sin prever que nos empeñáramos en destruir nuestros cuerpos a conciencia. Conforme se avanzara en el pasado se podría ir resucitando a una mayor velocidad.

Cuando habían pasado tres días desde la puesta en marcha de la Reencarnación comenzaron a producirse problemas inesperados. Llegué una mañana al Ayuntamiento, ahora situado en la copa de un árbol, y encontré a todos cuanto menos inquietos. Dios no me pudo atender en toda la jornada y por su secretario supe que se habían encontrado contingencias en el proceso. No se conocía mucho, pero había algunos reencarnados defectuosos que estaban sembrando el mal por el Nuevo Mundo.

Lo primero que se hizo fue parar las máquinas y revisar los archivos de procedimiento, que dieron un resultado negativo. Todas las transformaciones aparecían como efectuadas correctamente y no había motivos para sospechar lo contrario. Esto hizo recaer las sospechas en el Infierno, al que se pidió cuentas por escrito y con suma urgencia. Satanás llevó a cabo una investigación interna para ver si alguien podía haber cruzado la frontera y sabotear el mayor proceso de la historia. Tras dos días de tensión la conclusión fue que ningún condenado podía haber llevado a cabo esa actuación. Se revisaron las cámaras de los pasos fronterizos, se repasaron visados y todo dio negativo. Nadie podía haber salido del Infierno, a excepción de los reencarnados, y menos con lo necesario para modificar humanos sin levantar sospechas.

Ángeles y Arcángeles buscaban por todos los confines del Nuevo Mundo infinito aquellos seres deficientes, sin resultados hasta el momento. Habían destruido ya a algunas personas pero en ese momento el Orbe era inmenso y la población tan escasa aún que resultaría muy difícil dar con ellos. Al fin, a media noche aparecieron dos Ángeles con los primeros resultados positivos de las pesquisas.

Llevaban consigo un reencarnado de ojos claros y rostro glacial. No demostraba sentimiento alguno y era extremadamente fuerte. De hecho, resultaba muy complicado de mantener bajo control. Sus ataques no revelaban odio sino simple y llana supervivencia, desde su punto de vista todo era considerado como una amenaza y actuaba en consecuencia. Se le inmovilizó y ató al árbol de la dicha que sostenía el Ayuntamiento.

En cuanto se enteró Dios quiso verlo. Mientras lo analizaba meneaba el bigote alternativamente de izquierda a derecha. Su resultado no se hizo esperar, ese ser no tenía corazón. Decidió estudiarlo físicamente y, efectivamente, ese era el problema. En su lugar un diamante realizaba sus funciones.

El diamante es el mineral más duro de la naturaleza, ningún otro lo puede rayar. Por lo tanto, el hecho de que aquel humano tuviera uno por corazón lo hacía muy difícil de derrotar. Dios tan solo podía destruirlo, pero no repararlo. El mayor inconveniente era que la falta del sentimiento más importante del ser humano, la bondad, hacía a aquel ser desconfiado y a los demás vulnerables en su compañía. El dilema estaba servido.

Dios meditó la situación por dos días en la soledad de la copa de un cafeto. El aroma de sus semillas le ayudaba a pensar. Aquellas jornadas se hicieron interminables. Las noticias de matanzas se sucedían y en el Ayuntamiento todo era pesadumbre y desesperación. Los hombres con su actual confianza y bondad no tenían miedo, pero yo que me movía bajo el aura de Dios sí que lo tenía.

Cuando pasó el tiempo reunió a sus consejeros y me permitió estar presente. Planteó las opciones con gran seriedad. El principal obstáculo para actuar era que no se sabía cual había podido ser el motivo de aquel error. Si era a causa de las máquinas, estas podrían seguir reencarnando incorrectamente, agravando el problema. Podían intentar eliminar a los humanos defectuosos y continuar con el proceso pero esa sería una labor titánica y sin resultados asegurados. Mientras tanto, había centenares de personas que estaban siendo eliminadas confiadamente. La otra opción era reiniciar el proceso, de modo que desaparecieran estos seres y se pudieran subsanar los errores. Esto conllevaría, por una parte una gran pérdida de tiempo pues tendrían que rehacerlo todo, y por otra el riesgo de que el sistema se bloqueara, con lo que habría que reelaborar el Mundo durante años.

Se estuvo discutiendo el tema durante horas pero la decisión ya estaba tomada. Dios quería hacer las cosas bien y para ello tenían que volver al punto de partida del Juicio Final. Se decidió que yo me mantendría al margen para poder dar testimonio de todo lo sucedido así que estuve presente en el momento crucial. Fue en el Ayuntamiento y se programó para las 20:00 horas.

Durante toda la tarde se sucedió un gran movimiento de funcionarios en las oficinas. Querían dejarlo todo bien preparado para que el sistema actuara correctamente. Dios recibía con tristeza las últimas noticias sobre los desmanes de los humanos con corazón de diamante, consciente de que en diez días volverían a la vida si todo salía bien. Cuando llegó el momento, me dio un abrazo y todos se prepararon para este hito en la historia del Mundo. Pulsó el botón y...

Paseé por el bosque hasta llegar al pueblo. La vida continuaba en el instante que quedó aquel uno de agosto. Esperé durante días a que el proceso comenzara de nuevo pero no sucedió. No hablé con nadie del Apocalipsis pues no sabían nada, tan solo me dediqué a pasar a limpio mis notas y poner en orden las ideas para cuando volviera Dios.

Un día, meses después, paseaba con mi mujer al atardecer cuando se le cayó una cadenita que llevaba al cuello. La recogí del suelo, era de oro y de ella colgaba un diamante engastado. Me lo hicieron con las cenizas de mamá, dijo al verme absorto en su contemplación, ¿no lo recuerdas?


Así fue cómo caí en la cuenta de cuál había sido el problema de la Reencarnación. Sé que algo debió de salir mal al reiniciar y Dios está trabajando para solucionarlo cuanto antes. Por si para entonces estoy muerto, dejo constancia de qué fue lo que pasó en el primer Juicio Final de la Historia y cual fue el problema para que, en la Segunda, Dios lo pueda solventar.




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5 comentarios

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Cristina
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30 de septiembre de 2009, 22:25 delete

Lo raro es que no ganaras, me pareció una historia fantástica.

Eso sí, trabajar para Dios ya te ganas la vida eterna llena de lujos.

¡¡ UN BESITO !!

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Celso
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1 de octubre de 2009, 12:56 delete

Menudo enchufe, trabajar para el altísimo redactando la crónica diaria.

En general me ha gustado mucho lástima que no ganaras.

Un abrazo.

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Isi
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1 de octubre de 2009, 13:52 delete

Jo, pues a mí sí me ha gustado, el final más que el principio, pero es una historia muy buena y muy currada.

Bueno, la puedes seguir presentando a más concursos, no???.

Beseles!

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Estefan
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1 de octubre de 2009, 15:53 delete

Estoy con Isi, me ha gustado más el final que el principio.

A ver si la presentas a otro concurso y ganas, que está muy bien la historia.

Un abrazo.

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Gamusino
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6 de octubre de 2009, 9:02 delete

Umm qué tendrá el final?? lo tendré que analizar a fondo. En fin, gracias por vuestros ánimos, avisadme si alguno formais parte de algún jurado :P

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