Lágrimas en un vaso de whisky.

whisky El teléfono sonaba sin parar. La televisión llevaba encendida una horas. La mesa estaba llena de porquería, en realidad la casa entera estaba así. Colillas por todos lados, ventanas cerradas, todo sumergido en la oscuridad. Volvió a sonar el horrible timbre del teléfono, y Diego se despertó.

Miró a su alrededor; “Otra vez he dormido en el sofá”. Llevaba bastante tiempo sin dormir en la cama. Quiso levantarse, cuando finalmente llegó al teléfono, dejó de sonar. Se fue al lavabo y se miró en el espejo. No le quedaba bien la barba, pero no era motivo para quitársela, le picaba, pero le daba tanta pereza hacer algo, que no se afeitaba.

Cuando volvió al comedor volvió a escuchar ese sonido que tanto llegó a odiar, esta vez sí le dio tiempo. Cuando finalizó la conversación se arrepintió de haber cogido el teléfono.

Se sentó en el sofá y comenzó a llorar. Se levantó de nuevo y cogió una cd. La puso en el DVD y se sentó de nuevo.

Abrió lo que sería la primera botella de whisky del día. Cuántas más imágenes veía más ganas tenía de llorar. Pero durante dos largos meses, era lo único que había hecho. Estuvo desperdiciando toda su vida, perdiendo oportunidades que solo se presentan una vez y haciendo daño a sus seres queridos. Le salió una pequeña sonrisa cuando se vio a sí mismo en la televisión, cantando y abrazando a un amigo suyo. Los dos trajeados y engominados.

Aquella tarde estaba feliz, no paraba de besar y abrazar a su mujer. La chica más hermosa que había visto en su vida. La persona que le dio todo por nada, la única que le daba un beso o le dedicaba una sonrisa sin pedirle nada a cambio. ¿Él como se lo pagó?, ¿pudo haber evitado esa llamada?. Claro, pero prefirió el alcohol al amor que ella sentía por él.

-- Nos conocimos por arte de magia. Nunca mejor dicho, ¿verdad cariño? (decía ella en la televisión). Enfoca aquí Andrés.

Abrazaba sin parar a Diego.

-- Yo solo quiero deciros que este es el día más feliz de mi vida. Estoy orgullosa de mi marido. Hace apenas unas horas que estamos casados, pero ya han pasado unos años desde que nos conocimos, y para mí todos esos momentos han sido especiales. Él me demostró cada segundo que pasábamos juntos que realmente me quiere. Creo que me di cuenta de que estoy enamorada de él la noche que nos rompimos el pantalón.

Eduardo volvió a sonreír.

-- Cuando llevábamos unos meses saliendo, íbamos por la calle y se me rompió el pantalón por detrás. Me daba mucha vergüenza. Caminábamos en medio de la ciudad, todo estaba lleno de gente. ¿Y que hizo él?, romper su propio pantalón para hacerme compañía. Hacía mucho frío, y todo el mundo le miraba, pero no le importó, prefirió hacerme sentir menos incómoda con esa situación. Aquella noche me di cuenta de que siempre estará a mi lado. Para cualquier persona puede parecer una tontería, pero para mí fue extraordinario.

Se besaron, todo el mundo aplaudía.

Diego se levantó y apagó la televisión, seguía bebiendo y decidió salir. Mientras se dirigía al hospital decidió antes pasar por el teatro. Recordó como unos años antes fue allí con su primo y sus dos hermanos pequeños, Había una función, y los niños estaban muy ilusionados.

Diego estuvo varios días trabajando y durmiendo poco, se sentía realmente cansado. Pero ver a sus hermanos sonreír tanto le hizo sentirse bien. Hasta él se reía cuando veía a un payaso haciendo tonterías, Los que trabajaron en la función lo hicieron muy bien. Fue aquel momento, ese instante, en el que se enamoró de verdad. Una chica de tan sólo 20 años hacía trucos de magia.

Era hermosa, pelo largo y castaño y una mirada profunda y sensual. Cuando se fue, Diego le aplaudió con entusiasmo. Poco después volvió a salir, pero esta vez hacía trucos de malabarismo. Cuando terminó le dirigió una mirada, seguida de una mirada cautivadora.

Fue en ese momento, ese pequeño segundo, cuando se dio cuenta de que esa chica iba a ser su esposa. Lo consiguió. Llegó al hospital, todos lo que estaban en el pasillo eran los mismos que estaban en la boda.

Lourdes se acercó a él.

-- Has tardado mucho en coger el teléfono.

-- Ya, tenía miedo de que me dieras una mala noticia –. Dijo Diego.

-- ¿Por qué la dejaste así? –. Preguntó Lourdes.

-- No lo sé, pero lo hice. ¡Mierda!, ahora está muerta.

Se abrazaron, la enterraron como ella quería, al lado de las lápidas de sus padres.

Cuando el funeral acabó, él se quedó solo. Lloraba y le pedía perdón a Lorena.

-- Lo siento cariño, no debí dejarte aquí.

Se sentía despreciable, podía haber evitado la muerte de su esposa y no lo hizo.

-- Aunque no te lo haya demostrado, te quiero.

Recordó aquella discusión. Ella llegó de trabajar, él estaba tumbado en el sofá. La casa echa un asco. Pero lo que ella llegó a odiar de él, era su vicio por el alcohol.

-- ¿Ya estás borracho otra vez?.

-- ¡Déjame ya!.

Se arrepintió una y otra vez de hablarle así.

-- ¡Eres un mierda!, ¡estoy harta de trabajar y que tú gastes el dinero en whisky!.

-- ¡Pues lárgate y déjame solo!.

Lorena se sintió muy mal, la persona por la que le dio todo, le despreciaba, sintió tanto dolor que salió corriendo. Él no hizo nada. Ni siquiera se movió. Se quedó ahí, sentado, bebiendo. Poco después se le cayó el mundo encima, cuando su amigo Andrés le llamó para decirle que su mujer tuvo un accidente con el coche y estaba ingresada en el hospital. Durante dos meses estuvo en coma, y él solo fue dos veces a visitarla.

La primera fue la tarde del accidente, la segunda, la tarde de su muerte.

Había llegado a odiarse tanto, que odia a todos lo que estaban a su alrededor. ¿Por qué?, el alcohol. Ese vicio tan despreciable. Ni siquiera sabe el motivo por el cual empezó a beber.

Llegó a su casa, se puso el traje de su boda, se sentó, bebió su último vaso de whisky, y puso la cinta. Paró la imagen que se veía ellos dos dándose su primer beso como marido y mujer.

Se acercó en la ventana, sabía que lo que iba a hacer en dos segundos, no le importaría a nadie. Normal, se había convertido en una persona despreciable. Apoyó las dos manos en la barandilla, y miró por última vez el cielo estrellado. Recordó su primera cita con Lorena. Tumbados en la arena, mirando las estrellas.

-- Son hermosas –. Dijo ella.

-- No tanto como tú. –. Respondió él.

Se dieron su primer beso, cerró los ojos y se despidió del mundo con una leve sonrisa.

Cuando sintió que todo estaba terminando, escuchaba gritos y gente acercándose hacia él. La oscuridad se iba sumergiendo en su interior. No importaba. Había echado a perder todo lo que en su vida tenía algo de valor y sentía que el mundo se deshacía de un ser despreciable.

Todo había terminado. Si de verdad existe otro mundo, “El más allá” como muchos le llaman, sabía que le pediría perdón a su esposa. Dudaba que le perdonara, pero al menos sabría que, aunque pocas veces se lo demostró, en algún rincón de su corazón, la seguirá queriendo…

… SIEMPRE.

Onion - Estefan

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3 comentarios

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Celso
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11 de octubre de 2009, 19:36 delete

Joer!!, que historia.

Por un lado le está bien por darle al "drinky" y por otro mal porque ha perdido a un ser querido.

Un abrazo.

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Cristina
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11 de octubre de 2009, 22:30 delete

Que historia más triste.

La mujer tuvo un accidente por culpa del marido.

En fin...

¡¡ UN BESITO !!

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Isi
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13 de octubre de 2009, 13:50 delete

Jo, casi lloro, que lo sepas.

Muy bonita y muy triste y lo peor, estas cosas pasan y seguirán pasando...asco de alcohol.

Besos!

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