El lector de tumbas (Hurgar tuvo su precio y lo pagó).

Por Iván Carrillo (Univisión).

tumba La idea de hurgar en las tumbas, de buscar lo que podría ser su número de serie, comenzó desde que era niño. Fue el día en que murió la abuela Lupe y todo el mundo formó una larga procesión para acompañarla desde la entrada del pueblo, donde tenía su pequeña cabaña, hasta las puertas del panteón en el otro extremo. Contrario a los sepelios en que la lluvia ensombrece más el decaído ánimo de la gente, ese día no hubo ninguna nube en el horizonte. El sol caía a plomo y de vez en cuando se cimbraba el cielo con los cohetones que detonaron en las alturas para abrirle las puertas de la gloria a la abuela Lupe.

La entrada del cementerio fue adornada con flores y me provocaba un temor indescriptible hasta ese entonces, pero apenas crucé hacia el interior, me sentí como en un ambiente familiar. Los temores desaparecieron y de apoco comencé a leer las fechas en las que habían nacido y fallecido las personas cuyos restos reposaban bajo mis pies.

Me intrigaba saber cómo fue el mundo que conocieron, las imágenes que llenaron sus pupilas y la forma en que el último suspiro habría abandonado su cuerpo. ¿Sufrieron al morir? ¿Sintieron frío la primera noche que estuvieron ahí? ¿Cuándo descubrieron que no necesitaban comer más? ¿Dejaron de extrañar las caricias o los abrazos?.

Cada domingo me escapaba al panteón y en cada incursión me adentraba más en aquel laberinto de cruces y ángeles, de árboles eternos que dejaban caer sus ramas secas ante el paso del extraño visitante. A los costados de la estrecha vereda las fechas brotaban sin ninguna lógica, personas con más de un siglo de haber partido estaban junto al Padre Jacinto, el párroco que murió un año antes.

Algunos se fueron muy jóvenes. Otros podría pensarse que vivieron más de la cuenta, pero todos parecían tener una largo pasado que contar. Yo, curioso, me sentaba con una flor en las manos que iba deshojando poco a poco mientras cerraba los ojos para sentir su presencia bajo la lápida.

Así conocí historias de todo tipo, mujeres que murieron al dar a luz; niños que se ahogaron jugando en el río; valientes que perdieron el duelo por una afrenta de amor; cobardes que decidieron caer víctimas de sus propios temores en vez de enfrentarlos. Había también algunos viejos, como la abuela Lupe, que se fueron en calma total, que un buen día se acostaron y en medio del sueño más tranquilo, emprendieron el viaje final.

Una tarde, mientras leía poemas de amor frente a la tumba de una novia que murió de emoción al ser besada por primera vez, apareció aquella imagen que cambiaría mi destino. Si bien se encontraba de espaldas a mi, era obvio que me había estado observando, que seguía cada uno de mis movimientos.

Quise no darle importancia, pero al paso del tiempo comenzó a inquietarme su presencia. Me armé de valor y decidí avanzar hacia ella para ver si lograba verle el rostro o al menos obtener alguna reacción de su parte. Sin embargo no se movió ni un centímetro. ¿Realmente no escuchaba mis pasos? ¿No sentía mi presencia?

Intenté no ser impertinente y me detuve a leer un par de tumbas más. En algunas se notaba que no habían sido visitadas en años y seguramente ya no quedaba con vida ninguna persona que hubiese conocido al inquilino de ese frío hueco en la tierra, donde las hojas de los árboles se podrían y se convertían en abono natural de esa sombría parcela.

¿Por qué las mujeres son así? Cuando las buscas para conquistarlas, te ignoran. Si ya estás con ellas y les quieres compartir alguna inquietud, también te ignoran. Esta desconocida que me daba la espalda no podía ser la excepción. Algo importante debería esperar de mi, porque no se movió ni un centímetro.

Para no ser sorprendido por mi incómoda compañera de perversión post mortem, decidí rodearla un poco. Al fin logré distinguir algunos trazos de su rostro. Como yo, no la invadía el dolor, incluso podría pensarse que conversaba en voz baja con alguien que era imposible adivinar si se encontraba en el suelo, el viento o el cielo.

La forma de sus manos la hacían parecer que rezaba, pero me llamó la atención que no le veía los pies, no porque fueran invisibles, sino porque el vestido de olanes poco o nada dejaba ver, pues más bien parecía una flor de cabeza que se abre hacia la tierra.

Ya era demasiado, tenía que voltear a verme, debía sentir mi intromisión y reclamarme por espiarla, pero nada, siguió en su rígida posición y respirando con la misma calma de quien medita luego de haber encontrado la paz después de mucho tiempo, de quién ha logrado conciliar el sueño tras noches eternas de insomnio.

Aún sin verle los ojos giré para ver la fecha del muerto a quien visitaba, para leer su “código de barras”, para imaginar si sería su padre, su amante muerto al quedar en evidencia su amorío, su abuelo, su hijo. Una cosa era clara, quien estuviera ahí debía ser importante, porque ella siguió sin moverse.

El segundo siguiente me transportó a una dimensión extraña, una en la que no sabes exactamente sobre qué estás parado. Junto a la fecha de nacimiento y muerte, estaba mi nombre. La primera coincidía perfectamente y la segunda era en el futuro, mucho tiempo después del día en que murió la abuela Lupe.

¿Qué era eso, una broma de mal gusto? Las piernas no me respondieron y caí al suelo, desde donde finalmente pude ver el rostro de la mujer. Ahí comenzó y terminó todo. Era mi madre, mucho más vieja de lo que recordaba y con un rosario en la mano que se humedecía con cada lágrima que caía entre sus puños apretados con fuerza.

De pronto miré al cielo, sentí la tierra en los labios y un amargo sabor inundó mi garganta. Todo giró de prisa, las cruces se despegaron con fuerza y volaron en todas direcciones; la piel se me desprendió a pedazos y solo me quedaron unidos los huesos de la cara, un brazo y las piernas.

Sus palabras literalmente me mataron, me sumergieron dos metros bajo la tierra para ver mis restos dentro de un ataúd y después salir a la velocidad de la luz para elevarme, para ver desde las alturas la inmensidad del panteón donde seguramente llevaba años viviendo y del que jamás podría partir mientras ella siguiera llorando.

La idea de hurgar en las tumbas, de buscar lo que podría ser su número de serie, comenzó desde que era niño.

Onion - Estefan

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3 comentarios

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Celso
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31 de octubre de 2009, 19:04 delete

Impresionante final.

Yo no sería capaz de leer las fechas de las tumbas e imaginarme como sería.

Que yu-yu.

Un abrazo.

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Bruno
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31 de octubre de 2009, 19:30 delete

Muy buena historia, típica de Halloween.

Salu2.

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Cristina
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31 de octubre de 2009, 23:37 delete

Que historia más chunga, si me llega a pasar eso es que muero.

¡ Feliz Jalowin !.

¡¡ UN BESITO !!

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