Clara.

016 No sé si alguna vez has sentido amor verdadero por alguien; y realmente no tengo forma de preguntártelo, porque soy un testimonio escrito en papel: con palabras, sentimientos y tinta roja. Yo lo sentí una vez, y puedo afirmar que es lo más hermoso que sentí jamás por alguien hasta que tuve un hijo. Pero el amor que él sentía por mí se convirtió en preocupación, egoísmo y, tras eso, obsesión.

Supongo que no me estoy explicando bien. A veces me pasa. Me gusta mucho escribir y describir mis sentimientos, lo siento. Quizá no os interese mi historia, después de todo no soy nadie en especial; tan solo un testimonio como otro cualquiera. No soy como las mujeres maltratadas que salen en la televisión a contar sus experiencias y a enseñar moratones para crear morbo. No. Yo soy un testimonio y una vida anónima. Un dolor anónimo conocido por mis personas allegadas como madre y mujer coraje, tita, mamá, hermana, prima, amiga e hija.

Me disculpo otra vez. He vuelto a dejar vagar mis pensamientos en esta hoja de papel. Creo que va siendo hora de que comience con mi historia.

Se podría decir que por aquel tiempo yo era joven e inexperta. Iba al instituto y era una estudiante mediocre, pero quería ser historiadora. Adoraba la historia, y me sigue gustando mucho. Mi rostro por entonces tenía forma de corazón, mejillas permanentemente sonrosadas y piel olivácea; ojos azul oscuro y cabello corto y rizado: no era especialmente guapa ni atractiva, pero hubo un chico al que yo le había llamado la atención. Su nombre era Alejandro; un chico universitario, inteligente, guapísimo y reservado. Había heredado de una familia adinerada un gran patrimonio monetario. Era obvio que era mayor de edad, tendría unos veinticinco años y estaba en su último año de arquitectura. Yo tendría unos dieciséis años.

Un día unas amigas y yo decidimos pasear por el campus mientras un amigo nuestro iba a visitar a su recién novio que estaba terminando su primer año en la universidad. Nadie nos presentó, ni siquiera me percaté de que él existía hasta que encontré sus ojos fríos e inteligentes, observándome. Se acercó a mí y se presentó: educado, guapo, listo… pero no se rendía ante nada, y si quería algo debía conseguirlo.

Y me quería a mí.

No le costó demasiado tiempo hacerse con mi corazón, y yo me hice con el suyo. Con dieciséis años tuve mis primeras relaciones íntimas con un hombre, a los diecisiete me casé con él, tras terminar el bachillerato; dejar atrás a mi familia y sueños para el futuro, y me fui a vivir con él.

Todo era ideal para mí. Yo me encargaba de nuestra cas, hacía amistad con nuestros vecinos y cuidaba de él tanto como él cuidaba de mí. Tenía algunos cambios de humor un tanto bruscos, y al principio me daba algún que otro empujón o me tiraba a la cama de forma un tanto brusca, pero no me importaba, a veces las personas se enfadan. Poco después tuvimos a nuestro primer hijo: un niño hermoso de ojos incluso más fríos que los de su padre, de cabello rizado y rojizo, como el mío.

Mi marido siguió trabajando, pero con el tiempo dejó de venir a casa por las noches. Yo me quedaba con nuestro hijo hasta que era la hora de acostarlo y tras eso yo me sentaba en el sillón y miraba con ansiedad el reloj. Tic tac, tic tac, tic tac. Pero no llegaba nunca hasta las cuatro de la madrugada: borracho, ojeroso y apestando a colonias varias o tabaco. Siempre estaba cabreado y era imposible hablar con él; no podía evitarlo, me daba puñetazos y a veces me tumbaba en la cama y me obligaba a acostarme con él a base de tortazos.

Es un hombre, pensaba yo. Esto lo necesitan, y que se quieran acostar conmigo demuestra cuánto me desea y quiere. Que salga por las noches tan sólo quiere decir que necesita divertirse, pobre, no puede estar en casa siempre con el niño y conmigo…

Por la mañana él me miraba y se ponía a llorar. Yo lo consolaba y le decía que no pasaba nada y que lo entendía. Me traía flores, bombones y viajes sorpresa al extranjero para los tres miembros de nuestra humilde familia, y disfrutábamos mucho. Nos amábamos… él me juraba siempre que no volvería a venir a casa borracho, y que nunca volvería a pegarme, porque estaba mal…

Pero no cumplió su promesa.

Siguieron los puñetazos, las patadas, las imprecaciones contra mí y nuestro hijo y las violaciones. Yo lo aguantaba todo, me maquillaba en exceso y siempre me ponía manga larga para que nuestro hijo no se diera cuenta de nada. Ya habían pasado cinco años desde que nació… era un niño tan guapo, vivaz y listo… mostraba síntomas de ser superdotado, y yo lo amaba tanto… mi bebé, mi pequeño…

Podría hablar de mi hijo durante horas, pero este relato no va sobre el amor de una madre hacia su hijo; sino un retrato vivo… una experiencia sobre el dolor que me he atrevido a compartir con vosotros, los jóvenes.

… Dejé incluso de salir a tomar café con mis amigos y vecinos porque él se ponía celoso. Me miraban con lástima, y yo sabía que ellos entendían a la perfección lo que estaba ocurriendo. Cuando mi hijo cumplió seis años irrumpió en su fiesta una asistente social que nos hizo a mi marido y a mí un interrogatorio completo (Alejandro era un experto disimulando y manipulando, era algo de lo que se sentía muy orgulloso) y nos tendió una tarjeta con la dirección de un colegio privado para superdotados… Y cuando Alejandro se marchó de la habitación me tendió a mi otra con el número de emergencias para mujeres maltratadas. Una mirada de entendimiento mutuo se produjo entre nosotras.

-- Yo pasé por lo mismo que usted (me dijo). Pero cuando él les dio a mis gemelos una paliza me fui de casa.
-- Y tras la última paliza en la que rompió una costilla y me dejó llena de moratones le pedí a mi madre desde el hospital que fuera a por mi hijo y se lo llevara.

Me faltó el valor para decirle a Alejandro que lo iba a dejar mientras estaba recuperándome en el hospital y no lo hice. No tenía apenas contacto alguno con mis padres porque no me habían perdonado el dejarlo todo por mi marido, pero me querían, y necesitaba ese favor.

Mi madre lloró cuando le dije que Alejandro me pegaba. No soportaba la idea de haberme dejado marchar con diecisiete años hacia el matrimonio. No se perdonaría y por desgracia yo fui consciente de eso. Ella estaba segura de que no lo dejaría. De que yo pensaría que tras aquella paliza todo volvería a ser tal y como fue cuando empezamos nuestra vida juntos… pero llevaría mucho tiempo, y para entonces yo estaría muerta. Amaba a Alejandro, pero amaba también a mi hijo. Y no lo dejaría pasar por esa experiencia por nada en el mundo.

Mi hijo siempre sería mi prioridad, y aquello lo llevaría marcado en la sangre para siempre. Alejandro lo quería, pero no podía controlarse conmigo, y también me amaba a pesar de haberme prohibido la libertad. Todo se había acabado. Y yo estaba destrozada. Todos estábamos destrozados. Ni siquiera me expuse a que mi marido me dijese otra vez que ésta sería la última vez y que no se perdonaría jamás. No me expuse a sus caricias ni besos. No me expuse a sus cuidados. No me expuse al engaño certero. Y no expondría a mi hijo al dolor ni a la vergüenza: el dolor de ver a su padre pegar o violar a su madre ni la posibilidad de que él lo sufriera; y la vergüenza de que sus amigos se rieran de él por ello, por no poder salir a la calle con su madre porque le diera vergüenza que la gente pudiera ver los moratones y que lo mirases con lástima.

Dos días después hablé en el hospital con Alejandro y ambos lloramos. A pesar de que queríamos seguir juntos sabíamos que no era lo correcto. Me iría a casa de mis padres y nuestro hijo y yo iríamos al día siguiente a por nuestras cosas. Mi bebé estaba progresando mucho con sus estudios… estaba tan llena de dolor por él a la par que orgullosa…

Pero estuve más cerca de morir.

Él… estaba más borracho que nunca. Me llamaba amor mientras acababa con mi vida lentamente, pegándome, violándome, arrancándome el pelo… Se había vuelto loco de rabia y dolor. Igual que yo. Pero yo me lo había guardado todo, durante todos los años de suplicio.

Tenía las manos llenas de sangre.

Mi niño estaba en su habitación.

Todo se volvió negro y estruendoso mientras la sangre se me agolpaba en la cabeza y mientras sentía a Alejandro sobre mí. Dedicándome palabras de amor eterno mientras terminaba con mi vida.

Os preguntaréis cómo es posible que os esté escribiendo si estoy muerta. Pero es sencillo: no lo estoy. Ocurrió lo más sorprendente que pudo ocurrir…

… Mi hijo.

Él encontró la tarjea que me dio la asistente, cuando subió a su cuarto, tras ver a su padre hacer daño a su madre, y cogió el teléfono… sabía su dirección, el nombre de su mamá y el de su papá. Un niño. Un niño que salvó a su madre. ¿Soy yo la mujer coraje?, ¿estáis seguro cuándo me habláis a mí de coraje?, creo que le habláis a la persona equivocada, aunque es cierto que yo di a luz a mi pequeño milagro y salvación.

Alejandro entró en prisión amándome o odiándose a sí mismo. La última vez que lo vi estábamos firmando los papeles de divorcio. Yo no lo odiaba. Tan sólo sentía mucha pena por él y por su mente. Lo amaría durante mucho tiempo. Al principio pensé que sería incapaz de vivir sin él. Que sería incapaz de tener a nadie más a mi lado… pero lo fui superando a lo largo de los años; con ayuda de mi hijo, mi familia, psicólogos y la Fundación Mujeres. Estuvieron en peores situaciones que yo, pero… lo superamos juntas.
No preguntes quién soy y el por qué de mis actos.

¿Realmente merecí alguna vez todo aquello?
Yo creo que no.

A todas esas mujeres que han compartido mi pasado no las insto a que dejen de amar; pero sí les aconsejo precaución y que piensen en sus hijos y en su familia.
Yo también estuve en la situación de pensar: he de ser siempre un poco más lista o algo más bonita… y debo reprimir mis defectos por encima de todo, para que así mi amor deje de ver en mí un fallo y me quiera con todo su corazón para que llegue el día en el que deje de pegarme.

Les hago una pregunta a todas aquellas mujeres maltratadas que lean mi historia; que padezcan heridas físicas o síntomas emocionales similares a los míos.

¿Realmente os merecéis tanto sufrimiento?.

Onion - Estefan Onion Isi

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4 comentarios

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Celso
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27 de octubre de 2009, 18:34 delete

Acogedora historia, estoy sin palabras.

Realmente, no merecen tanto sufrimento.

Un abrazo.

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Bruno
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27 de octubre de 2009, 19:33 delete

Una historia impresionante, parece mentira que haya hombres que se comportan así.

Salu2.

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Cristina
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27 de octubre de 2009, 22:09 delete

Impresionante, menos mal que abrió los ojos y pudo demandar y divorciarse de ese cab***.

¡¡ UN BESITO !!

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Isi
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1 de noviembre de 2009, 12:33 delete

Uf....yo estas cosas no sé si puedo leerlas....me da por llorar y me entra un desasosiego.....no sólo por lo que yo pasé, si no porque ahora estoy viviendo muy de cerca un caso parecido y bueno, me puede, este tema me puede.

Gracias por seguir poniendo mi avatar...jo, estoy muy emocionada.

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