La leyenda de Peneus.

La joven Amalia no quería soltar a su amado, dejarlo caer en aquel abismo de víboras.

Pero sus fuerzas flagelaban y el incauto sudor le resbalaba por la muñeca. El bosque, años atrás encantado, no daba señales de vida, no había magia, sólo una joven princesa a punto de perder a su amor.

Ella gritaba, él lo aceptaba; más que una relación, había sido una utopía, algo precioso pero etéreo, un presagio de un trágico destino final.

Tres años atrás, él, César, vivía su adolescencia en una granja con sus padres, no tenía hermanos por eso siempre congeniaba rápidamente con los chicos de su entorno.

Su padre, criaba cerdos, presumía de tener la mejor piara de Villa Labrada; de hecho, con suerte vendía alguno a algún comerciante de la ciudad.

Su madre carecía de tan, presunta fama; se dedicaba a la costura, aunque gran parte de su tiempo lo empleaba en la huerta que compartían.

A menudo, César, el “hijo del criador de cerdos”, salía por las tardes hasta el ocaso a jugar al río. Había hecho una rápida amistad con dos chicos algo más grandes que él, los gemelos Olmo.

Vivían a apenas dos caminos de distancia de su casa. Ambos eran muy divertidos, casi tanto como brutos. La mayoría de las veces César volvía a su casa magullado.

En la ciudad, todo era mucho más tranquilo. Villa Labrada estaba formada por numerosas casas que rodeaban un centro en el que se erigía un castillo, el castillo del Rey Santiago.

1.720 era un periodo de cierta tranquilidad para la región, por ello las unidades militares se habían reducido a la mitad, limitándose a proteger los alrededores del castillo. Dentro vivía además la hija del Rey,

Amalia; sobreprotegida por su padre, como hija y como futura Reina. Aún era joven, 16 años no era edad para cargar con el peso de una corona, la joven princesa vivía en realidad como lo que era, la hija del Rey.

Cierta mañana, su padre le informó de que al día siguiente irían a cazar (evento al cual ésta no faltaba pues visitaba el bosque, según ella encantado).

Su abuela Tina ya le había preparado el desayuno, ambas se querían mucho pues se entendían perfectamente.

Tina siempre sugería a Amalia la posibilidad de conocer a un chico, pues no le gustaba verla sola en Palacio.

Amalia enrojecía y evadía todo asunto. Ambas pasaron el día juntas cosiendo un mantón de piel recién curtida.

Caída la noche, Cesar aun guerreaba con los gemelos, estaban acostumbrados al campo así que la vista no era indispensable. Habían robado algo de madera de una de las fincas, tuvieron que correr tanto para despistar al perro que juraron no repetirlo. En un lado del bosque, los tres cortaban las maderas y les daban forma de espada. Mientras, uno de ellos subido a un árbol, propuso un juego:

-- Tengo una idea. Qué uno de nosotros se meta en el bosque y que los otros dos vayan a buscarlo, si alguno toca a otro con la espada, muere.

-- Mola, pero ¿Quién se va a meter? –. Preguntó el otro gemelo.

-- El último que… ¡Se suba a ese otro árbol!.

César se quedó quieto mientras los gemelos corrían asfixiados.

--¿Qué haces enano? –. Preguntó uno al darse cuenta.

-- Sabíais que me ibais a ganar, para qué intentarlo, yo entraré.

Cuando todos tenían fabricada la espada, se separaron del improvisado explorador. César sentía como la oscuridad lo devoraba y las copas de los árboles se cerraban entre sí formando un cielo sin fondo. Seguía sin detenerse con paso firme; las voces de los gemelos se relevaron a un susurro, estaban él y el bosque, nadie más.

Había escuchado numerosas leyendas acerca de los árboles y el río pero nunca se creyó ninguna. A la altura del bosque en la que se encontraba deseaba que el juego ya se hubiera acabado y sus amigos lo encontraran.

De pronto, un escalofrío corrió su nuca, escuchó un siseo detrás suya, sólo eran las plantas, mecidas por el aire; aunque pocas noches había visto tan solemne como aquella. Entonces se giro lentamente, presa del pánico; se encontró delante suya un enorme puma tan negro como la sombra. Sus ojos brillaban centelleantes. La respiración entrecortada de César chocaba con el temple del felino, que inmóvil, fijaba su mirada en el chico. Sus amigos no lo encontrarían y como única defensa tenía una espada de madera mal hecha y frágil.

El puma dio un paso enseñando los colmillos. Tenía que tomar una decisión rápida. Se volvió y echó a correr hacia aquel laberinto de raíces, piedras y desniveles. El animal no lo perdió de vista ni un segundo, evitando los obstáculos con abrumadora facilidad.

De pronto, César tropezó con una gran raíz al borde del río; la mala suerte hizo que cayera dentro de éste golpeándose la cabeza con una piedra. El puma se limitó a ver cómo la corriente lo arrastraba río abajo, inerte. Aquella noche el criador de cerdos no vería regresar a su hijo; los gemelos tras una hora buscándolo, optaron por regresar a la aldea y contar lo sucedido.

Nadie sabía qué le había pasado al pobre chico; el campo se iluminó de antorchas de cada uno de los vecinos que participaron en la búsqueda. Al fin tuvieron que ceder pues no aparecía rastro del joven. Los más ancianos recordaban las antiguas historias de bosques encantados.

Al día siguiente el cielo se levantó despejado, “un buen día para la caza” pensó el Rey. Era bastante temprano pero su hija ya estaba en pie cuando fue a su dormitorio.

-- ¿Estás lista?.

-- Claro, anoche dormí muy bien. Estoy descansada.

Ya en el patio trasero el criado tenía preparados dos magníficos caballos, Dama y Velasco. Evidentemente, el más joven, Dama, era para Amalia; una yegua de pelo grisáceo y larga crin. Por el camino recogieron a un amigo cercano a su padre, que siempre iba cargado con trampas nuevas. Cuando llegaron a la zona de caza.

Amalia dijo a su padre que se iría a los árboles. No temía al bosque, lo consideraba algo extraordinario, mágico. Dejó el caballo junto al río para calmar su sed. Se sentó a los pies de un árbol y comenzó a hablarle: -Sé que en realidad me escuchas así que te hablaré, como cada semana. No quiero que os toméis mal lo de la caza de mi padre, es su único entretenimiento.

Por otra parte… quiero contarte algo… que no he contado a nadie. En realidad, tengo ganas de conocer a alguien, mi abuela Tina siempre toca el mismo asunto, pero tiene razón; me gustaría conocer a un chico y tener una bonita historia con él.

De pronto, algo muy grande llegó a la orilla del río; Amalia se sobre saltó. Tenía muchas hojas encima. Nerviosa, al ver lo que parecía ser un cuerpo humano, se acercó, lo agarró de los hombros y lo arrastró al borde. Pensó llamar a su padre pero no lo haría. Le quitó todas las hojas y ramas que tenía encima ¡Cual fue su sorpresa cuando se dio cuenta que era un chico!.

Aún tenía pulso, pudo comprobar Amalia. Entonces si que gritó para llamar a su padre. Ante el deseo de Amalia el chico descansó en el castillo, no en el hospital como su padre quería. Al día siguiente ya comía pero apenas podía moverse y claro, no mediaba palabra.

Pasaron cuatro días hasta que su estado mejoró notablemente. El joven se encontraba en la habitación de invitados, que ya de por sí era más grande que el salón de su casa. Al principio no recordaba nada, luego se acordó de todo: el bosque, el puma y el río. Cuando César vio a Amalia se quedó pensativo y se mostró nervioso. Tina estaba allí: -Ella es quien te salvó. Se produjo un silencio. Sin duda alguna, Amalia había quedado prendada por aquel chico de rostro alegre, no sabía disimularlo.

Estuvieron juntos durante dos días, hasta que César se recuperó. Se llevó además una gran sorpresa cuando Amalia le dijo que era la hija del Rey, de echo hasta entonces ignoraba estar en el castillo. César regresó a su casa. Continuaron viéndose siempre que podían, quedaban en el sendero viejo que conectaba con el bosque; el error vendría pronto, se enamoraron.

Tina, fue la primera en darse cuenta de aquello, pensando directamente en la reacción del Rey si se llegaba a enterar; su hija con un vulgar. La nobleza no tardó en pronunciar palabra, todos en contra del inocente noviazgo. Pero eran jóvenes y sabían perfectamente como evitar las órdenes. Hasta cierto día… El Rey, enfurecido con su hija por desobediencia la mandó encerrar hasta que olvidara a aquel chico. Por otra parte el joven ya estaba amenazado por la Corte.

César aun siendo capturado una y otra vez, no se rendía. Amalia, sabiendo que no quedaba solución, se propuso algo impensable; aguantaría el tiempo necesario allí encerrada haciéndole creer a su padre que había olvidado a César.

Pero aquello no resultó tan fácil pues tal fue la tozudez del Rey que la mantuvo encerrada durante dos años en aquella torre. La joven no podía aguantar más; desesperada, cada noche abría la ventana, miraba al horizonte y lloraba hasta que se quedaba dormida.

Durante noches, sólo se escuchaba como fondo el llanto de la princesa; el pueblo no aceptó aquello pues a la siguiente semana se organizaron frente al castillo. Decenas de personas se organizaron frente a las murallas; el pueblo era sumamente importante para el poder del Rey, así que, al día siguiente Amalia fue liberada. En cuanto hubo agradecido a los ciudadanos la ayuda que ofrecieron, se montó en su yegua y corrió al galope hacia la granja.

El cielo estaba bastante nublado. Como lo esperaba, como lo soñaba, allí estaba Cesar, dos años más grande, arando la tierra. Cuando éste levantó la cabeza se quedó perplejo. Amalia se le echó encima y lo abrazó con todas sus fuerzas; no se lo podía creer, lo estaba abrazando. De pronto…sintió como tiraban de ella hacia atrás, muy fuertemente; era su padre y parte de la milicia. César, también estaba siendo atraído por sus padres, cosa que Amalia no entendía del todo. No pensaba soltar su mano. Había algo extraño, César no había dicho nada, parecía absorto a todo.

El padre de éste gritó:

-- ¡Déjalo! ¡Ya lo has vuelto loco y no sabe ni quién es! ¡Me robaste a mi hijo!.

-- Pero yo… yo, no.

Amalia seguía sin entender que ocurría, o no quería entenderlo. Después de dos años obsesionado por tenerla, por verla, César había perdido la cabeza; sin embargo, la joven no quería soltara a su amado, sus fuerzas flagelaban y el incauto sudor le resbalaba por la muñeca.

El bosque, años atrás encantado, no daba señales de vida, no había magia, sólo una joven princesa a punto de perder a su amor. Ella gritaba, él lo aceptaba; más que una relación, había sido una utopía, algo precioso pero etéreo, un presagio de un trágico destino final. De pronto, se desató una tormenta y comenzó a llover fuertemente.

Amalia no lo podía creer, la lluvia le rodeaba la mano y le estaba quitando a su chico, se le resbalaba, no aguantaría. Se soltaron bruscamente uno para cada lado, fueron atrapados.

Y así acaba esta historia, la leyenda de Peneus, el Dios del río.

Amalia se dio cuenta de que en realidad no era el bosque el que estaba encantado, sino el río, el agua. Además tampoco era el árbol el que la escuchó aquella mañana y le trajo al joven como ella deseó, sino el río. Igual que un día los unió, ahora los separaba, sólo saben los ancianos el porqué, quizás, por el bien de cada uno.

Onion - Estefan

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2 comentarios

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Celso
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4 de octubre de 2009, 18:22 delete

Una historia interesante.

Desde luego, en esa época no se veía muy bien que la nobleza mantuviera un noviazgo con los pueblerinos.

Sin duda, una buena leyenda.

Un abrazo.

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Cristina
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4 de octubre de 2009, 22:12 delete

¿Porque la realeza no puede liarse con la gente corriente?.

Una leyenda muy bonita.

¡¡ UN BESITO !!

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